Lo que dejo atrás

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martes, 3 de marzo de 2015

Nadie me enseñó a coser muñecas rotas



Años atrás, cuando era pequeña, pensaba que siempre había en casa una cura para cualquier herida, si caía y me raspaba las rodillas mi madre me ponía mertiolate y me besaba en la mejilla, si mamá no estaba, entonces mi padre me untaba un poco de sabia de sábila, o si el problema era una cortada, mi abuela me ponía algo de hierba de siempre viva…ésta última ejercía una magia peculiar en mí, quizá era el nombre “siempre viva”, jamás me faltaría.

Fui creciendo –como es normal- pero contrario a lo que pensaba, las heridas se fueron acumulando y cada vez había menos medicina que las curara, la “siempre viva” comenzó a secarse, mamá estaba presente con menos frecuencia y papá ya sólo me recordaba que ya sabía cómo curarme con sábila…ciertamente lo sabía, cuando de cortadas en la piel se trataba, pero, ¿qué debía hacer con las pequeñas fisuras que empezaban a invadir mi interior? Nadie parecía notarlo, nadie se percataba de que por dentro estaba rota.

Luego comencé a arrancarle la cabeza a cada una de las muñecas que encontraba en casa, cuando podía, les quitaba también brazos y piernas, no obstante, el tronco me aterrorizaba y volvía a armar a la pobre muñeca con la mayor dedicación posible, incluso, gracias a la culpa de haberla destrozado primero, las peinaba y les arreglaba el rostro. Sin embargo al terminar de unirles el cuerpo, vestirlas y “ponerlas bonitas”, su falsa sonrisa, como si jamás hubiesen sido heridas, me devolvía una imagen íntima tan terrible que prefería arrojarlas al techo y no volver a saber nada de ellas.

El tiempo siguió su curso, dentro de mi preparación como mujercita recibí clases de mecanografía, taquigrafía, baile, cocina, organización del hogar, lectura y redacción, corte y confección –de ropa- pero nadie me enseñó a coser muñecas rotas, y absolutamente nadie me dijo, que la mayoría de ellas son de carne y hueso. Aprendí, por supuesto, a andar por el mundo descocida, con los brazos fracturados y las piernas endebles, con zapatos de tacón, maquillaje en el rostro y, no puede faltar, una gran sonrisa en el rostro, como si nunca hubiera sido herida.