Lo que dejo atrás

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domingo, 20 de marzo de 2016

Ha dejado de llover





Desde detrás de la cortina del ventanal puedo imaginar la brisa, ¿para qué correr la cortina a media noche? Mi piel se estira a la ventana queriendo sentir un poco de humedad helada, quizá así sienta al menos frío. Afuera el silencio me suplica que salga a hacerle compañía, él solo y yo sola, me dice, no puedo, contesto, es noche y me da miedo.

Es verdad, tengo miedo de salir. Además, ha dejado de llover y yo sólo deseaba caminar bajo la lluvia a media noche. Tampoco es media noche ya.


El temible hombre de las nieves





Siempre evitando sentir, eres una especie de paradoja de mi reflejo, pues aunque frío como un témpano, has logrado deshielar mi alma, quitando hasta el último rastro de escarcha de mi piel con tan solo un destello de tu mirada almendrada.

Es a través del cuerpo (sólo a través de él) que te permites expresar (o quizá se te escapa) algo de sensibilidad. La tibieza de tus manos y esa manera tan suave de rozar mi piel, perturba, pues acostumbrada estoy al corte tajante de tus palabras. Me sorprendo más al verme “manejando todo tranquilamente”, con una naturalidad y paciencia como si viera una película y ninguno de los personajes me atrapara de lleno, sin dejar por ello de ser interesante lo que veo.

Este “jugar con hielo” me asusta menos, esta entrega indiferente de trozos de piel entre dos extraños que en lo único que están de acuerdo es en el deseo de seguir siendo extraños, de no conocerse jamás. Prohibido no es tocarse, besarse, penetrarse –el cuerpo; no se hable ya de historias personales, de tristezas o alegrías cotidianas, no nos interesa.

Me preocupa más desvelar esos ojos tiernos, dulces y mudos; me llama más el calor de tu cuerpo desnudo sobre mi cama, me atrapa tu silencio y que huyas de mis besos; porque ¿qué es tu historia sino recuerdos? ¿Qué importancia tiene el no saber de ti sino tu nombre?
Si la vida  es puro instante, ¿no la poseo toda aquellas mañanas que al despertar sigues en mi cama? Si las palabras por cortas, frías e ineficientes no pueden decir lo que hay y lo que falta, y en cambio nuestros cuerpos al fundirse rompen toda barrera y ya no existe el límite, la materia se evapora al abrazarse nuestras almas en un diálogo profundo y secreto.

El cuerpo no existe y sin embargo es a través de él que me hablas y te entiendo, sólo entonces nos entregamos ‘ese algo’ que aún no puede ser nombrado y esa entrega se hace sublime. Así que no, no me interesa escuchar aquello que has decidido guardar en el silencio, no quiero saber de tu vida si la tengo a ratos y por entero.




Y me rendí





Decidí que era justo para las dos,
Tristemente acepté dejarte con tu vida a cuestas,
Con tus ganas de seguir rezándole a tu soledad
Causando en otras las ganas de cuidarte

Más no en mí,
Y me rendí
Ante el reclamo callado de que no puedo enamorarte,
De escuchar tus lamentos por no encontrar a ‘alguien’,
Más no a mí.

Y me rendí,
Cansada bajé los brazos
Girando sobre los talones me alejé,
Dejé atrás tu mirada serena
Y a lo lejos aún escuché tu reproche

Y entonces fui yo
al fin,
-Cuando menos digna de tus labios al reclamo-
Y me rendí
Sólo para que creyeras que siempre tuviste razón

-Entonces eres egoísta- decías un día,
-te aburrirías de mí- continuabas al siguiente,
Y me rendí,
Al final es cierto que no puedo llevarte
Sobre el hombro a cuestas

Más en este instante
A mis brazos les falta el peso de tu insignificante vida,
Y me rendí
Al dolor de tu presencia que no se completa

Me falta la vaga sonrisa que aparecía en mi rostro
Cada vez que te escribía,
Extraño la ambigüedad con que me tratabas
Y hasta el lujo que te daba la indiferencia
Con que me mirabas,
Esa manera fría de pisotear mis esperanzas.

Y me rendí
A esta conocida sensación de extrañar lo que nunca se tuvo,
A la melancolía que sí entiendo,
Porque al final elegí

Me elegí,
Con todo el vacío que eso implica,
Con estos ojos secos,
Y estas manos trémulas
Que aun intentan asirse de ti

Más tu inseguridad apenas puede sostenerte
Y no pudo asirse de mi celosa libertad,
Y me fui
Con mi deseo a ras de suelo,
Con tu certeza detrás.

El tiempo ahora pasará lento,
Pero como todo, se irá,
Quizá siguiendo un poco de tu aliento,
Quizá congelado en mis ojos cuando te miraron
Aquella primera vez

Que me rendí,
Ante tu aire de dominar el mundo,
De alma vieja que lo ha vivido todo,
De diva soltera que se coloca frágil e indefensa;
Me rendí

Y aunque no lo quieras creer
Estoy triste de haberme marchado,
Ya ves que al final no lo pude todo
Ni lo supe todo,
Y por supuesto, no lo tengo todo.

La supuesta superioridad que me atribuyes
Quedará latente en el aire,
Con y por mi despedida,
Pero no creas a manos cruzadas que así sea,
Ojalá comprendas…

Yo me rendí,
No soy más que un intento
De crear magia,
De sentir fuego,
De tener miedo

A saberte mía, y como riesgo:
Temer tu belleza y,
Esa insaciable sed de sentirte eterna enamorada;
Y me rendí

Aceptando mi incapacidad para mantener tu idilio,
Más duele
Por mí
Por ti
Por el orgullo

Por el silencio que ahora aturde,
Por la sonrisa evaporada,
Por todo lo que ya no te diré,
Por todo lo que aun reclamará tu voz

Más no a mí
Porque –ya no seré digna de tus labios
Ni como reclamo-.
El olvido llegó ya a tu casa

Y me rendí,
Viéndolo entrar cuando yo salía,
Me rendí
Como elección y consuelo,
Elegí –como ya se sabía-

La melancolía
Es ahora mejor compañía que el celeste de tu cuerpo
Extraviado en un astro lejano,
Mis lágrimas no la asustan,
Ella ama tu ausencia,
Me abraza con ella

Y me rendí…