Lo que dejo atrás

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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Carta al viento, para que te llegue…


Veo tu rostro, los cambios en tu mirada a través del tiempo, conozco tus ojos retadores y enamorados, infelices y soberbios; tan ajenas todas esas miradas… dedicadas siempre a otro, sin embargo yo las veo y quiero que lo sepas.

La primera vez que estuve cerca de ti, fueron esos ojos indiferentes, penetrantes y soberbios los que me atraparon, enmarcados en un rostro casi tierno, o es que quizá el sentimiento que me genera su recuerdo. Tu cara aún era redonda en ese tiempo, ahora ha cambiado y he de confesar que he seguido la secuencia de tus cambios corporales desde entonces sin que por ello me hayas dejado de gustar.

Nunca presté demasiada atención a lo que tu presencia me provocaba, más hoy, ya que esta carta va dirigida al viento, afirmo que fui incapaz de voltear la cabeza hacia donde te encontraras cada vez que coincidíamos y a la fecha, me gusta verte a través de las fotografías que a veces compartes en la web. No sé describirte mi mirada, imagina sentir orgullo, respeto, cariño, anhelo y atracción en un mismo momento; luego coloca esos sentimientos en mis ojos.

Algunas noches te he soñado, luchando con mi propios sentimientos, dormida te digo que no es posible, que tú tienes una pareja y se te ve tan enamorada, más a ti no te importa y te desnudas ante mis ojos, mi interior sufre y quiero resistirme al deseo de tocar tu tersa piel blanca…sin embargo tus ojos, retándome y aumentando mi deseo me desarman, cierro los ojos para no verte y te pido entonces que sólo me dejes abrazarte, que te quedes, que te duermas a mi lado.  En otros mi deseo se niega a quedarse quieto y te desnudo, contemplando embelesadamente cada parte de tu cuerpo; me detengo siempre en tus ojos, y a veces he despertado diciendo tu nombre en un susurro, como el beso que se queda, frío, ante un encuentro efímero.


Mujer, tengo miedo de lo que siento, porque ajeno a ti, sin que lo sepas, con el tiempo ha ido creciendo y tú tan lejos, tan lejos de mí… Disculpa mi cobardía y no ser capaz de sincerarme ante ti, sino con el viento.


lunes, 15 de diciembre de 2014

¿Y si fingimos mejor?


Imagina que puedes tener una revancha, que la coincidencia nos lleva a una segunda oportunidad, ¿qué harías esta vez? ¿Tendrías el valor de mirarme a los ojos?

Quiero retarte: finjamos mejor, actuemos en un escenario donde haya una pizca de pasión, dejemos a un lado el ritual del miedo para poder ser libres de hablar, de pedir, de dar, de sentir…
Mira que el cuerpo sabe moverse, pero si lo atamos a secuencias mecánicas se vuelve inflexible, poco sensible, casi invisible y, ¿cómo lo permitimos? ¿No era el cuerpo al que queríamos sentir? ¿Acaso no era el desenfreno y la pasión la que nos guiaba, la que marcó el camino? ¿Qué no estuvo siempre presente la fantasía erótica, el goce mismo al imaginar ‘sentir’ cada centímetro de piel del otro en contacto con la propia?

¿Por qué limitar al cuerpo a sensaciones parciales? No confundas la pasión con la entrega emocional, no creas estúpidamente que la descarga tensional es sinónimo de orgasmo, no cierres la puerta del lenguaje verbal que será a fin de cuentas el camino que lleva a la puerta del erotismo; atrévete a sentir completo, a permitir que tus poros se abran al roce de mis dedos, que tus labios conozcan el sabor de cada zona de mi cuerpo, que mis uñas se lleven de recuerdo un poco de tu piel; que mis ojos y tus ojos, conozcan los sutiles cambios en nuestros rostros antes, durante y después…


¡Vamos! Finjamos mejor esta vez. Yo pongo el escenario, tú crea la fantasía, asumiré la pasión si no te asusta la entrega; pero falta el tiempo…el límite eres tú.


viernes, 12 de diciembre de 2014

Dulce Veneno






Negro veneno recorriendo mis tripas, mientras mi rostro sonriente observa su reflejo en el espejo y los lentes, con su propio brillo empañan la vista; sonriente estoy no obstante. Al cerrar los ojos, un éxtasis se mezcla en el oscuro interior de mi vientre y el veneno, ahora es tan dulce.


Vuelven mis ojos a cerrarse, sonriente mi rostro, ardiente mi vientre –que el dulce veneno purifique, aunque para ello dé muerte.