Lo que dejo atrás

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jueves, 9 de diciembre de 2010

Mi rutina…tu espejo

A veces me gustaría ser invisible, pasar de nuevo inadvertida ante tus ojos no porque no me veas, sino más bien por parecer distante e inalcanzable, para que de nuevo quieras conquistarme, para seguir siendo interesante.

A veces me gustaría llamarme precius para que contestes mis preguntas aunque sean estúpidas, o que mis iniciales fueran LL para parecer siempre sensual y atractiva ante tus ojos aunque mi cerebro solo diera para lograr un buen maquillaje.

A veces me gustaría ser tu eterna enamorada y que lo supieras, para que te sintieras importante y cuando me vieras me ruborizara; o quizá ser tu maestra y que te sintiera a mis pies y tú quisieras escapar.

A veces me gustaría amarte menos para poder ser egoísta y vanidosa, entonces pasaría más tiempo frente al espejo, dedicaría un par de horas diarias a poner en forma mi cuerpo con el ejercicio, seguramente mantendría más en orden la casa y hasta tendría diario la comida; en las noches no te esperaría a dormir con solo cenar juntos bastaría…pero te amo más…

A veces me gustaría…pero no soy invisible, al contrario me ves a diario y eso va menguando el interés, para que preocuparse en dedicar un momento específico si todos los días estamos aquí y nos vemos…a veces me gustaría…pero no soy precius y ya es difícil crear una cuenta anónima solo para chatear y flirtear por internet contigo; a veces me gustaría… pero suelo ser más práctica y menos vanidosa, suelo estar allí siempre para ti aunque eso implique estar desvelada y despeinada, sin maquillar y con ojeras…

miércoles, 17 de noviembre de 2010

AMANTES

Nadie podría negar que es naturaleza humana buscar lo prohíbo, entre más tabú sea mayor es el deseo y la excitación que provoca; tampoco podría negar que ya había tenido una que otra experiencia de ese tipo, los hombres maduros siempre habían sido mi debilidad y por desgracia entre más interesantes mayor compromiso social tenían, una novia en el mejor de los casos, pero podían ser incluso casados y con hijos, allí era donde venía la culpa, aunque lograba mantenerla sumergida por un tiempo sobre todo si no había hijos.

La noche que le conocí habían pasado ya varios años en que me aferraba a mi ideal 
de fidelidad, pero estaba pagando las deudas, mi pareja no creía en eso de ser solo de una mujer, al contrario, le gustaba experimentar, conocer nuevas formas y sabores, escuchar nuevos gemidos y el calor de otras lenguas, era un buen amante y podía darse esos lujos; vamos, no cualquiera tiene dotes de seductor. Era una de esas noches en que estaba esperándole, con un short corto a media nalga y desgarrado, una blusita semitransparente que dejaba ver mis senos grandes sin bra; ansiosa por verle desde el balcón de mi casa fumaba un cigarrillo al mismo tiempo que me iba excitando con la imagen de su cuerpo sobre el mío, entonces el celular sonó: "esta noche no…"

Fue así como busqué un consuelo en el msn, aunque en realidad tenía pocos contactos que se conectaran a partir de la media noche pero de vez en cuando alguien nuevo aparecía sin conocernos se podía volver interesante, al menos charlar para alejar algo la soledad. Casi cuando perdía la esperanza de encontrar alguien con quien hablar apareciste tú, no recuerdo como o porque, el punto es que me agregaste y comenzamos a platicar, ambos solos…

¿Cuándo cambiaron las cosas y comenzamos a estimarnos? La soledad suele unir personas, el desamor y la nostalgia son siempre culpables de nuevas pasiones. Eso fuimos tú y yo, el consuelo del otro estando lejos, la ilusión de una nueva esperanza, el anhelo de brazos que se sabían lejos, el deseo de un cuerpo que en la imaginación más de una vez fue entregado, la paz que daba el saber que alguien más te estaría pensando en algún lugar del mundo…

En verdad lo siento…



lunes, 27 de septiembre de 2010

Cuántos rostros he visto,
en cuántas miradas me he perdido
intentando descubrir algo más allá de la tristeza,
el vacío y la nostalgia que reflejan.

En cuántas farsas se han envuelto mis palabras,
a cuántos engaños a sucumbido mi voz,
cuántos dilemas ha acallado y qué frutos han madurado
entre maquinaciones perversas.

Cuántas alegrías han sentido mis brazos
nacer de entre los dolores de las derrotas,
cuántos amigos han ido y venido
de entre los escombros del esfuerzo sucumbido.

sábado, 28 de agosto de 2010

Al dormir

MEDIA NOCHE.

El cansancio comienza a invadirle el cuerpo, los párpados le pesan y la luz lastima su vista. Hora de dormir -piensa, aun resistiendose al cansancio.

1:00am

La estancia se encuentra a oscuras. El televisor aún está caliente. Se cubre con las sábanas y se enrolla una almohada entre las piernas, mientras va entrando lentamente a las profundidades del sueño, al arrullo de los grillos y la nostalgia que le trae el calor de la almohada entre sus piernas.

 1:45am

Unos pasos torpes se dirigen hacia el baño...de nuevo la almohada entre las piernas y se ha unido un un oso de peluche para hacer un trío, los abraza con fuerza y se revuelve en la cama...comienza a soñar de nuevo.

3:00am

Sudor frío, el corazón late fuerte, el estómago le duele y siente náuseas...miedo, está sentada a la orilla de la cama, abre los ojos pero sólo ve penumbra. Abraza fuerte el oso de peluche, murmura algunas cosas, intenta no llorar, lucha contra eso que le carcome el estómago y toma fuerzas para levantarse una vez más al baño. Teme encender la luz. Hace con los ojos cerrados, se siente estúpida pero eso no aminora el miedo. Regresa para intentar dormir...



5:30am

La alrma suena. Siente alivio al escucharla, pero también un enorme cansancio. La noche ha acabado y lo agradece, pero aún le falta fuerza para levantarse al trabajo...

6:30am

El agua tibia le acaricia el cuerpo. Se siente aliviada, al parecer no está tan sola. Sus manos recorren su intimidad pausadamente, ya casi está lista, unos movimientos más y estará completamente relajada, con energía para afrontar la rutina...

4:00pm

Una sopa fría, algo de pan y agua desabrida. El apetito se le ha muerto, sería lo mismo comer o dejar de hacerlo.

6:00pm

No se ha levantado del sillón, sigue esperando paciente que alguien llegue. Siente algo extraño en el cuerpo, como si la misma piel quisiera gritar, quisiera arrancársela...algo no la deja.

10:00pm

La noche ha llegado de nuevo...



miércoles, 4 de agosto de 2010

Palabras

- A veces se vive entre mentiras. A veces, uno mismo es la mentira...

Las palabras salieron de su boca frívolas, hirientes, sabiendo que salían como lanzas directo al pecho de quien las escucha.

Víctor sabía que había perdido la batalla en cuanto entró en la recámara y la vió contemplando su perfecto semblante en el espejo, inexpresiva, altiva, esperándole. En ese instante sintió una opresión en el pecho y quiso regresar por donde había entrado, pero el mismo sentimiento de derrota lo paralizó. Tratando de contener el temblor que recorrió su cuerpo avanzó lentamente con la cabeza mirando el piso y las manos entrelazadas en dirección opuesta a la de ella, no quería seguir viéndole el rostro a través del espejo cuando pronunciara las fatales palabras que intuía estaba a punto de escuchar.

- A veces se vive entre mentiras. A veces, uno mismo es la mentira... -comenzó diciendo, tenía una peculiar manera de avisar que la tormenta llegaba- tú vives entre mentiras y yo soy una de ellas, yo no tengo conflicto en ello, nací en un ambiente de apariencias y engaños, pero tú eres diferente y suele herirte muy inocentemente una simple sonrisa. Lo he pensado y no hay manera. Mi chofer está esperándote en la entrada, no te preocupes por tu equipaje, envía tu dirección y allí te llegará mañana a primera hora. 

Víctor no pronunció una palabra, tampoco levantó la vista del suelo, giró sobre sus pasos y abandonó la habitación. Al ir bajando la escalera intentó contener la respiración evitando ese perfume que ahora le dolía tanto como las palabras que hace unos instantes le tiraron al suelo y lo metieron en un bote de basura.
En la entrada, el chofer lo espera. Su apariencia es menos frívola que la de ella a pesar de ser sólo un sirviente al que nada debe importarle. También eso le duele a Víctor. Todo, cada paso que dio antes de entrar en la limosina le dolió como nada antes le había dolido. 

...a veces una sonrisa puede matar... a veces, cuando se ama aferrándose erróneamente a la nada, a lo efímero, a lo irreal, la sonrisa más pura y dulce que en un segundo antes pudo enamorar en el instante que sigue puede matar...

martes, 15 de junio de 2010

Perdóname amor





No hay palabras para describir esto que siento y de haberlas yo no las encuentro. Hay dolores del alma que se sienten en el cuerpo, pero hay dolores que de tan fuertes dejan de sentirse como tal. Físicamente cuando el dolor es tan intenso el cuerpo entra en estado de shock como una medida preventiva que evita que el daño sea mayor, tratando de preservar la vida. Cuando el dolor es psíquico la mente también tiene maniobras, la psique trata de proteger al Yo y una de ellas es escindiéndose temporalmente, regresionándose a estados primitivos donde la persona tuvo la protección que ahora necesita, puede despersonalizarse; todo eso es lo que llamarían un brote psicótico, que si la estructura de personalidad es suficientemente fuerte o neurótica podrá recuperar su estado habitual de funcionamiento, pero de lo contrario podría quedar permanentemente en ese estado.

En la maraña de sentimientos en que me encuentro sólo distingo una sensación y quizá eso es bueno, me indica que sigo dentro de la realidad: DOLOR DESGARRADOR.

Perdóname, perdóname por ser como todos, perdóname por ser egoísta, por no escuchar tu verdadera voz, por no pensar en lo que necesitas y no entenderlo, perdóname amor, perdóname por no querer escuchar, por pasar sin ver a pesar de saber lo que se siente, perdóname por priorizar mis necesidades, perdóname por todo lo que haya hecho mal y que aún ni siquiera ahora me haya dado cuenta.

Perdóname por borrar las señales que has dejado a tu paso y a pesar de verlas hacer como si no existieran, eso fue una forma de borrarte a ti también, perdóname por no apoyarte como debiera o como necesitas, o por no entender lo que necesitas, perdóname por mi incapacidad para jalarte del fondo teniendo las herramientas. Perdóname porque aunque he sufrido cuando tu sufres, porque aunque me duele que estés sufriendo, porque a pesar de todo eso y más cosas que seguramente estoy omitiendo, no me detuve y he presionado, perdóname por no pensar en ti.

Perdóname porque a pesar de amarte con todo mi ser, de amarte como ha nadie he amado nunca, como no creo amar después no he podido ser lo que necesitas, perdóname porque no soy tan fuerte como lo esperabas, como lo fui en un tiempo, perdóname por no poderte cargar en mis brazos mientras tú recuperas fuerzas y por el contrario te he aventado más peso, perdóname por tener que cargar conmigo, con mis problemas viendo que apenas podías con los tuyos.

Amor lo lamento tanto, lo lamento tanto, me duele tanto amor, me duele tanto, perdóname, perdóname por favor perdóname.

lunes, 7 de junio de 2010

DIOS



Mi dios es hermafrodita y asexual, porque no concibo la imagen de un hombre superpoderoso que alimenta la idea de la mujer sumisa y dócil en el rostro de la madre inmaculada. Mi dios no escucha plegarias, no vive en un templo cubierto de mármol y no hace milagros ni cumple deseos, porque nos concedió la libertad de elección como premio y/o castigo, porque a la vez que es nuestra alegría es nuestro pesar y puedo comprender el enorme deseo de hacer un Dios que cargue con nuestros males y desdichas "porque los caminos del Señor son misteriosos" en vez de aceptar que cada cual vive con sus logros y sus fracasos y ningún dios omnipotente, cruel y castigador vendrá en tu ayuda o tu desventura.

 
Mi dios tiene la inocencia del infante y la crueldad de una mariposa. Mi dios no es a "imagen y semejanza nuestra" porque en mi dios no existen los polos, no entiende el concepto de la bondad simplemente porque la maldad no existe, es como tantas otras cosas una definición que el ser humano necesita para regir sus impulsos. Mi dios no tiene en la entrada del cielo una enorme puerta de oro custodiada por discípulos o ángeles, cada quien será libre de entrar o salir porque también allí nos acompaña el libre albedrío.

 
Mi dios no se entretiene escuchando rezos pero de vez en cuando puede prestar atención a las charlas de café, pues éstas son más sinceras que el ave maría que nos enseñaron en edad escolar y aprendimos sin entender su significado y sin que el resto del tiempo adquiriera uno propio de tal manera que transmitiese al profesarlo una pizca de afecto, es más probable que cantemos con verdadero sentimiento "sin tu latido" de Eduardo Aute a que por más interiorizado que se tenga el Padre Nuestro nos detengamos a pensar siquiera lo que de memoria repetimos.

 

sábado, 5 de junio de 2010

Persiana



 
Se quedaba mirando las persianas cerradas, le gustaba sentir cómo la tenue luz rojiza que entraba a través de ellas la iba mareando lentamente hasta verse obligada a apartar la vista –en un principio- pero luego, fue aprendiendo a resistir hasta el punto de sentirse casi desmayar, entonces su cerebro hacía una maniobra que le fascinaba, las formas se distorsionaban pero seguían iluminadas con la luz rojiza, le parecía flotaba sobre el espacio dirigiéndose hacia ella y entonces volaba. Su cuerpo se iba despegando suavemente del sillón, aunque sus ojos seguían abiertos y fijos en la persiana, dejaban de mirar, sus pupilas se dilataban y ella ya hacía vagando en otro mundo incapaz de describirlo con palabras o imágenes.

Desde que descubrió esa peculiar cualidad de su mente lo hacía a menudo pero por ese entonces llevaba al menos cinco meses que lo había olvidado, tal vez porque sus ocupaciones la tenían distraída y muy amarrada al mundo real.

Buscando un lugar tranquilo para trabajar con su ya hija adoptiva (laptop) descubrió el salón de descanso del personal, apartado de todo y con cómodos sillones. Se había acomodado perfectamente en el sillón más grande, podría haberse recostado cómodamente y dormir pues era aún mejor que su propia cama, sin embargo atrapada en el ritmo de la cotidianidad se concentró en poner a trabajar a su hija adoptiva.

-Botón de encendido, escribir clave, el típico letrerito de Microsoft Windows se está iniciando… sus ojos clavados en la pantalla y dedos ágiles a la espera, movimientos de cuello a un lado, al otro, un tronar de dedos y listo…

-Mis documentos, herramientas, opciones, ver documentos ocultos –No esperen, eso ya no es parte de la rutina. Por alguna razón que a nosotros nos permanece oculta, ella rompió la rutina y algo buscaba entre sus carpetas, seguramente era importante o al menos lo suficientemente íntimo para ocultarlo a sus propios ojos, pues nadie más utilizaba esa computadora y además todos sus archivos estaban cifrados, ¿para qué entonces ocultar una carpeta?

Hagamos una pausa aquí. Por más que le doy vueltas no la veo, ella está allí sentada en un sillón grande, el cuarto de descanso es tal vez pequeño, con una sola ventana cubierta por una persiana cerrada y sucia, muy poca luz se filtra a través de ella, las paredes deben ser color melón o un tono naranja porque con el efecto de la luz del atardecer puede parecer un tono rojo desgastado. Ella probablemente tenga su laptop sobre las piernas y esté jorobada sobre el teclado, su cabello cubrirá gran parte de su rostro obligándome a dar vueltas a su alrededor con la intención de verle la cara, pero sigue abstraída por la pantalla y con la cabeza baja no puedo verla, no sé cómo es su piel, sus ojos, sus labios, su nariz, lo único que puedo ver son sus delgados dedos deslizándose velozmente sobre las teclas de la computadora.

Lo único que se de ella es que antes de estar tan ocupada en el trabajo dedicaba largas horas a ver a través de las persianas de cualquier habitación donde se filtrara un rayo de luz rojiza y se sentía volar. Que ahora mientras debería estar siguiendo su rutina obsesiva de entregar un trabajo perfecto algo la distrajo, algo que busca y no encuentra en sus documentos, que esto que busca debe ser muy importante pues cada vez se impacienta más. Oh, oh, sí, allí está, ha girado la cabeza pero lo hizo tan rápido, miró toda la habitación con desesperación pero se quedó fija en la persiana justo del lado opuesto donde estaba yo, y no, no pude ver su cara.

Se ha quedado así. Al parecer ha olvidado su computadora y permanece viendo la persiana como antes. Da la impresión de que se quedará dormida pues ha bajado su laptop al piso y ahora descansa recostada en el sillón con la mirada fija en esa ventana, los ojos muy abiertos, tengo miedo de intentar verle el rostro pues le quedaría de frente, aun así lo intentó. Son grises y muy redondos, creí que me vería y al hacerlo preguntaría quien era yo, como entré y qué demonios estaba haciendo yo allí pero ella no me ha visto, me le he puesto enfrente y su mirada me ha atravesado la piel, incluso he sentido que la tenue luz rojiza que se filtra por la persiana me ha cruzado el cuerpo por cada poro convirtiéndome por un instante un cuerpo luminoso, como esos que sacan en la tele que se van desvaneciendo cuando "la luz" llega, es decir, cuando es tiempo de marchar al otro mundo.


                                                                       Y juro que no miento pero le vi flotar.

lunes, 10 de mayo de 2010

10 de mayo dia mundial del LUPUS

Orígenes del Día Mundial del Lupus


En el año 2001, durante el Congreso Internacional de Lupus representantes de múltiples organizaciones internacionales pidieron el establecimiento de una Semana Mundial de Lupus, para centrar la atención de las organizaciones de salud del Mundo sobre las desconocidas necesidades de los pacientes de Lupus y sus especialistas. Se discutieron los planes iniciales y se diseñaron los logotipos. Desafortunadamente, no se obtuvieron fondos para implementar el programa y éste quedó en hibernación.

Durante ese mismo año, 2001, La Fundación Americana de Lupus (LFA) obtuvo una subvención de Pfizer para el programa "Fortalecimiento de las Organizaciones de Pacientes de Lupus por todo el Mundo" para formar un Panel Asesor Internacional compuesto por representantes de asociaciones de Lupus de ocho países de los cinco continentes. La Federación Española de Lupus formó parte de dicho panel.

Bajo ese programa, este grupo de países fue encuestado para identificar los retos, los temas que consideraban de interés sobre sus propias organizaciones y sobre los pacientes de Lupus en sus respectivas comunidades. Acordaron que las mayores necesidades detectadas eran la realización de campañas de sensibilización sobre la enfermedad y la educación para pacientes recién diagnosticados. Se realizó un taller para su desarrollo y los materiales para desarrollar estas áreas de necesidad detectadas, que posteriormente se remitieron a los países integrantes del panel internacional.

En el año 2003, como una continuación del trabajo comenzado en el 2001, la Fundación Americana de Lupus obtuvo una segunda subvención para lograr mayor unión de las organizaciones de pacientes de Lupus por todo el Mundo. Establecieron el Programa de Cohesión de la Sensibilización y Divulgación en todo el Mundo sobre Lupus, Día Mundial del Lupus. El objetivo de este nuevo programa era comenzar y fortalecer las actividades globales gubernamentales a favor del Lupus, para apoyar la investigación en la enfermedad, servicios de atención de la salud y educación.


El 10 de mayo de 2004 se presentó por primera vez globalmente el Día Mundial del Lupus (World Lupus Day), durante una rueda de prensa en el VII Congreso Internacional de Lupus Eritematoso Sistémico y otras Enfermedades Relacionadas en la ciudad de Nueva York. Desde entonces y anualmente se celebra este Día Mundial del Lupus el 10 de mayo a nivel internacional.

El Día Mundial del Lupus se centra en la mejora de los servicios de salud ofrecidos a los pacientes, aumentar la investigación sobre las causas y una cura para el Lupus, mejorar el diagnóstico y el tratamiento, y mejores estudios epidemiológicos del impacto global del Lupus. 



PD. Para todas y todos aquellos que comparten conmigo la experiencia de vivir con el lobo, y a mi familia que siempre ha estado al pie del cañón y por supuesto, para mí, un abrazo, pues sólo quien ha sufrido en carne propia esta experiencia y los que por una u otra razón se han visto afectados por el impacto emocional y psicológico de acompañarnos en el camino saben lo difícil y duro que es seguir en él. Pero nos queda seguir con la frente en alto y el corazón latiendo fuerte cada vez que una recaída nos pueda tirar el piso...

sábado, 24 de abril de 2010

ABUELO




 
-¡Abuelito cárgame en tu espalda! ¡Sí! ¡Caballito, caballito!

- Ya, ya, la que sigue, bueno, vénganse las dos, una en cada pierna, haber…

- ¡Aaaah! ¡Aaaah! Vamos a jugar a matatena, no, mejor álzanos sobre tus hombros… a ver, abuelito enséñanos tu conejo ¿verdad que eres muy fuerte?

- JAJA, vamos niñas su padre les habla, vamos corran, corran, déjenme seguir trabajando.

Las niñas se alejan con tremendo bullicio, corriendo a gran velocidad para ver quien llega primero a la entrada, empujándose una cae y se raspa las rodillas, la otra se regresa ya estando en la puerta, -levántate, anda, no te paso nada, no le vayas a decir a mi papá- al tiempo que le limpia las mejillas con su blusa, la otra le mira doliente y hace pucheros pero al final se van las dos tomadas de la mano.

Mismo corte de cabello, mismo vestido, misma estatura, todo aquel que las ve juntas o separadas creen que es una misma, gemelas, escuchan que preguntan a su padre quien sonriente dice no y señala siempre a la mayor, quien atenta y orgullosa de que la ven alza el cuello y gira la cabeza para quedar de perfil, así se asegura de que los ve y la ven y se burla de ellos.

La otra, la segunda, ligeramente más redondeada que la hermana mayor, un año más chica y con el carácter menos perspicaz, distraída y torpe, a diferencia de su hermana que en todo está y es ágil de mente y cuerpo. No, no son gemelas, y por mucho parecido físico que tengan hay una gran diferencia muy notable en el carácter, una caprichosa y la otra dócil, una corre de arriba abajo y la otra prefiere permanecer sentada y jugar sola; a una le gusta mandar, la otra prefiere obedecer…

Sin embargo algo en ellas era profundo, tal como se da en las gemelas, la comunicación que mantenían era siempre en clave, además, cuando a una le pasaba "algo" la otra siempre sabia aunque no estuviera cerca, tal vez no llegaban al grado de sentirse mutuamente de manera tan profunda como se logra con los gemelos, sin embargo, en cuanto estaban cerca una sola mirada o expresión facial bastaba para que la otra lo supiera todo, lo que había hecho, le habían hecho o lo que sentía en ese momento la otra.

Luego entonces buscaban el momento de estar a solas para hablar con sus claves, para abrazarse o acariciarse el rostro, o simplemente estar largas horas una con la otra en silencio. Era su forma de protegerse, de amarse y sanar sus heridas. También pasaban largos ratos con su abuelo, de cierta manera era su diversión y su ídolo. 

Les divertía verlo bailar mientras preparaba sus "carnitas" escuchando el radio, era demasiado gracioso para ellas que se moviera sólo en un cuadro de 30x30 y se enorgulleciera de ser un gran bailarín, cuando se dio cuenta de que sólo se burlaban las corría enfurecido maldiciendo entre dientes.

Para Victoria representaba más una diversión que un modelo, pero para Denisse lo era todo. Su abuelo representaba más que eso. Representaba al hombre más fuerte que jamás haya conocido antes, representaba la furia y el amor, pero también la vulnerabilidad. Estaba ciego de un ojo, bueno, en un tiempo no lo estuvo y Denisse se fascinaba escuchando una y otra vez el relato de porqué quedó ciego de un ojo.

-uhmm, era muy fuerte, más que ahora, pero le gustaba tomar y jugar al billar en las cantinas, entonces un día de esos tuvo una pelea en un juego y uno de los que estaban allí le sacó un cuchillo y se lo encajó en el ojo, desde entonces quedó ciego, le hicieron varias operaciones, le metieron un lente en el ojo pero aún así no recuperó del todo la vista y luego…luego la fue perdiendo más.

-nooo, no, era muy enojón, luego perseguía a mi mamá con un cuchillo por toda la casa y la amenazaba de irse. Yo me acuerdo que siempre estaba mi amá llorando, angustiada de que deverás se fuera a ir, hasta un día que le digo, bueno madre y si se va qué, pos dígale que se vaya ya verá como no se va nunca, y así un día que le dice y ¡nunca más! Nunca más volvió a decir que se iba; si no era tan malo, lo que pasa es que era muy explosivo, por eso todos somos así…

Historias así oía a diario, que su abuelo antes era malo, pero malo muy malo, aunque ella lo veía, se le quedaba mirando largo rato a sus cejas blancas, sus brazos todavía musculosos, su ojo blanco o azul que demostraba su ceguera y tapaba siempre con unas gafas oscuras, su sombrero que jamás olvidaba; tenía dos, uno para los domingos que iba a misa con sus nietas y otro para diario. No, pensaba Denisse, mi abuelo no puede ser malo. Y para ella sólo era su abuelo, el que de vez en cuando la regañaba y del que escapaba corriendo, pero que la gran mayoría de veces le consentía jugando con ella, platicándole historias y alzándola en su espalda para que viera lo fuerte que era aún.

Sólo tiene un mal recuerdo de él y le duele en el alma cada que viene de nuevo a su mente. Familia reunida en el patio de la casa. Ella rodeada, su padre encarándola a su verdugo, las tías admiradas de descubrir la verdad, todos acusándola, menos su abuelo quien para entonces ya estaba bastante deteriorado y enfermo, había perdido la vista de ambos ojos y apenas caminaba, sus brazos habían perdido toda la masa muscular de antaño y su pelo era completamente blanco a pesar de tener apenas unos 50 años.

Denisse no podía creer, no lograba entender qué demonios pasaba, de qué se le acusaba, porque su verdugo en ese tiempo amado no le hablaba y también le acusaba, porqué su padre era una bola de fuego furiosa, porqué su madre había huído protegiendo a sus hermanas, escondiéndolas del látigo paterno, en especial a Victoria, por qué sentía tanto dolor en el cuerpo y el alma se le había destrozado. Nadie le explicó por qué amarle a él era malo.

Su abuelo. Oh, Dios, jamás olvidará el rostro de su abuelo tan afligido, tan confundido como ella misma. Tampoco podía entender. En su mente no cabía la posibilidad, cómo su nieta, su nieta querida había hecho tal cosa, cómo decía su abuela el diablo la había tentado.

Victoria, quien siempre estuvo unida a su hermana tampoco entendió, pero también sintió el dolor que Denisse sentía. El padre decidió que era mejor mantenerlas separadas, pues juntas se hacían cómplices y Denisse, la hija mala, corrompía a Victoria para que la encubriera. A partir de entonces no podría andar sola por la calle, vamos, tampoco por la casa y debía dejar de comunicarse con su verdugo. Era mala y punto. Es lo único que Denisse entendía.

Así dejó de convivir con su abuelo y fue a unirse a los pedazos rotos de su corazón. 12 años tenía entonces. Poco después su abuelo murió. Así, sin más. Estaba enfermo dijeron, ya llevaba tiempo internado en un hospital de otra ciudad. Pero ella no se creyó nada, jamás le permitieron verlo enfermo, Victoria era quien lo atendía a veces, le lavaba las llagas y las cubría de gasas. Pero para Denisse ella le había matado. Le mato lentamente a partir del día caótico, a partir de que se convirtió en la mala a los ojos de toda la familia. La decepción había sido tan grande que debió morir de sufrimiento. Y así, una culpa más se acomodó sobre los hombros de Denisse.

Con Victoria las cosas también cambiaron, su padre les mantuvo a distancia y aunque seguían teniendo un conocimiento profundo de lo que era y sentía cada una, la separación forzada fue forjando una pared entre ellas y Denisse se aisló cada vez más de toda persona que pudo ser cercana. Cada vez más retraída, melancólica, triste y sola; procuró no hacer amigos y los pocos que tenía los mantenía distantes y en desconocimiento de su padre por miedo a que también se los quitara.

Luego, se fue enterando de cosas, cosas de familia, "secretos" y a su tristeza se le unió el odio. De nuevo cambio dejándole de importar la vida. Su cuerpo fue almacenando dolores inexpresables, enojo contenido, y sobre todo un terrible vacío y abandono, no tenía a nadie a quien amar y que la amara. Sus padres le habían decepcionado, su hermana estaba distante, y ella misma se había abandonado; no le quedaba nada de que aferrarse a la vida.

Entonces un día lo decidió. En realidad sólo lo hizo. Un frasco de tabletas para el dolor. Media botella de agua. Voces gritando en el patio escolar. Una escalera solitaria. Un basurero. Una luz que se hizo cada vez más blanca. Unas pupilas dilatadas y un estómago deshecho. Una llamada de emergencia. Un padre abrazando a una hija y la pregunta al aire ¿por qué lo hiciste? Una lágrima y una sonrisa: por favor…no me dejes de querer…

Luego, Denisse en la ambulancia, los sonidos le parecen tan lejanos, alguien toma su mano, es Victoria. Hay un sinfín de imágenes dándole vueltas en la cabeza, ha perdido el sentido del tiempo y el espacio. Cree haber visto a su madre o a su padre, quizá a ambos. Su amiga llorando. Ya está en una cama de hospital con una bata azul y tubos en la garganta. Victoria de nuevo que llora. Tal vez después de todo si la querían…

-Abuelo... abuelo, abuelo…-corre a tomarlo de la mano, él lo espera con una sonrisa, se ve diferente, no lleva gafas y le falta su sombrero. Lo abraza fuerte mientras llora, llanto de amor y alegría, llanto del que espera toda la vida volver a encontrar a quien más ama. Pero el abuelo le ha susurrado algo al oído. -¿qué? Qué ha dicho.

-No abuelo, no te vayas, abuelo no me dejes- No es tiempo…y el abuelo vuelve atrás. 

Luces en su rostro. Gente con bata blanca. Un choque en el pecho que le quema y le recorre el cuerpo como electricidad. Luz más intensa. -Estará bien- dijo uno de esos rostros de bata blanca, avise a la familia. Dormirá todo un día y despertará desorientada pero nada más…

-No, no, yo no quiero volver, abuelo ya te había encontrado, por favor, no quiero volver…no quiero volver. –pero ya en su cuerpo late de nuevo el corazón.

Esta historia no debía tener segunda parte. Es así porque en la madrugada me abrazó el insomnio y no pude soportar que el agua mojara mis manos restregados contra mis ojos. Historias, son lo que vienen a mi mente intentando alejar mi pensamiento del verdadero dolor. Historias que deberían ser cortas para impedir que por asociación libre me lleven de nuevo al origen, al dolor primario. Entre más cortas y más historias el colchón me extraña menos. Pero ahora mi mente rondaba y rondaba tras la muerte. ¿Qué había después? Y no es que crea en un después, pero si no hay nada en el más allá por qué Denisse se colgó del cuello de su abuelo. Necesitaba saber, conocer la verdad así que recurrí de nuevo a Denisse, después de todo ya me había contado parte de su historia y tal vez, si la encontraba tan derrumbada como antes podría permitir que escuchara el resto.

-Nada, no hay nada. Lo sé, yo misma tardé en aceptar mi decepción por el más allá. Todos creemos en algún momento que algo bello nos espera cuando morimos. La paz, el descanso eterno, nuestros amores muertos, nuestros padres o nuestros hijos, nuestro amor imposible; y se convierte en un lugar tan deseado: el paraíso, volver a los brazos del Padre. Pero algunos perdemos la fe y quizá sea eso lo que acaba con lo que hubiera en el más allá. 

–Denisse seguía viendo a la pared mientras me contestaba. Nada. Eso era imposible repliqué, y entonces me narró la segunda parte.

No fue fácil que Denisse se olvidara de su verdugo. Cuánto le amo en un tiempo, cuatro años compartidos y derrumbados de un solo tajo. Había olvidado cómo empezó todo y no lo recordó hasta que el fin llegó, cuando trató de huir de esas miradas, de esas palabras, de esos labios, de esos brazos. Cuando un mundo de cartas fueron encontradas y quemadas por la abuela. Entonces también dejó de escribir y leer y procuró dejar de soñar, porque en cada sueño estaba él: todos rodeándola, una bofetada que la llevaba al suelo, una mirada indiferente y luego Denisse matando a su abuelo, una daga en su pecho mucha sangre y sus ojos ciegos viéndole directamente como preguntando ¿por qué? Era mejor estar despierta.

Cuatro años más tarde ya no quería morir. Al menos no abiertamente. Pero tal vez su cuerpo había guardado bien el mensaje: muere, muere; y sin permiso fue llevando a cabo el plan.

-Nada –dijo –nada había, ni una luz brillante, ni una sonrisa esperándome, sólo frío y oscuridad, vacío, soledad. Los sonidos cada vez más lejanos, como ir cayendo en un precipicio, así se siente y cuando la consciencia te abandona el silencio total, pero lo extraño es que no dejas de sentir por completo. Si uno sólo dejara de existir y ya. No importaría si hay algo o no del otro lado esperándonos, pero no es así. La existencia se acaba pero el vacío se queda, te acompaña y la pregunta es ¿por toda la eternidad?

Denisse no ha vuelto a intentarlo. Encontró nuevas formas de morir, las conoce todas y le gusta jugar con ellas. Le gusta caminar entre los vivos mientras se mata. Siente placer de saber que la ven sin darse cuenta que hablan con un muerto. Denisse se mata cada día lentamente. Cuando fuma un cigarrillo o una cajetilla, cuando por hoy no se levanta de la cama o por lo contrario pasa semanas sin dormir, cuando come demás y cuando no degusta ningún bocado. Denisse muere cada día porque ha decidido abandonarse a la inercia y la inercia sólo tiene un destino. 


Me fui de allí con un escalofrío en la piel y la sensación terrible que dejaron sus palabras como eco en mi cabeza. –hablan y me miran sin saber que están hablando y viendo a una muerta, me gusta caminar entre los vivos y soy el espejo de la desesperanza…

miércoles, 21 de abril de 2010


No me dejan desertar pero tampoco me ayudan a continuar. Algún nombre debe de tener pero no lo recuerdo, esa necesidad de tener qué hacer todo y hacerlo bien, no sólo bien sino mejor que todos, aún sabiendo que el desgaste es mayor, que el esfuerzo no es comparable, aún sabiendo que pudieras tener excusa no lo aceptas, eso es sentirte vulnerable, aceptar la diferencia, una diferencia que pesa y duele y no se puede tolerar.

Pero ¿qué pasa cuando esa diferencia se hace presente a costa tuya e insiste en quedarse y hacerse notar? Entonces sentirás que todo tú eres un fracaso, que nada vale la pena, que siempre está allí, que por más que quieras ver otra realidad no podrás cambiarla, y todo se vuelve gris, pero aunque quisiera no importarte y dejar todo así, sin terminar o que concluya solo con el rumbo que por inercia elija, esta esa espinita en tus huesos, ese: debo poder…incluso a costa tuya.

lunes, 19 de abril de 2010

Sentencia

-¿Cómo lo fue a matar? ¿Cómo pasó todo? No lo sé, no puedo siquiera imaginarlo.

Recuerdo la noche en que lo encontraron, tirado en un charco de lodo, de lejos parecía sólo trapos viejos abandonados, de esos que luego la gente tira a a basura y los perros arrastran por las calles, pero era extraño en los baldios que frecuentaban más bien los gatos.

La cara se le veía negra y parecía más un balón ponchado que un rostro humano por lo hinchado, los ojos se habían perdido cubiertos por dos grandes bolas que en algún momento fueron las mejillas. De no haber sido porque llevábamos ya dos días buscándolo, porque el pueblo era pequeñio y no había llegado en meses ningún forastero, jamás hubiéramos creído que se trataba de él, sus facciones simplemente eran irreconocibles.

Cuando en la casa funeraria lo lavaron, vimos con horror la deformidad de su cráneo por los golpes recibidos y al parecer también habían intentado aplastarle el cerebro, objetivo malogrado quedando la mitad de este medio aplastado, con un ojo desecho y parte de sustancia gris derramada por una grieta como si hubiese querido estallar. El color de su piel se había tornado entre púrpura, rojo y negro, el mínimo rastro de su tez blanca y luminosa se había esfumado.

-¿Cómo lo fue a matar? -Seguía rondando la pregunta en mi cabeza. Motivos le habían sobrado. Eran de mi conocimiento los innumerables problemas de pareja que tenían. Desde hacía años él le era infiel con cualquier mujer que se prestara al pecado, alternaba semanas en los pueblos vecinos donde conseguía mujeres, doncellas y prostitutas, que luego llevaba a su casa mandando a su mujer a dormir a la sala pra él hacer uso de la cama con la amante en turno.

En varias ocasiones la dejó tirada en la puerta de urgencias de la clínica, las enfermeras veían cómo la camioneta negra frenaba de golpe, se abría la puerta del copiloto y un saco de huesos caía ensangrentado al suelo, acto seguido las llantas patinaban quedándose su huella en el asfalto y en el aire ese impregnante olor a hule quemado.

A la mañana siguiente de su encuentro, su mujer vino a verme declarándose culpable, pero yo sé que no pudo matarle. Ella, una mujer de apenas 45 kilos, con un poco más de carne en los huesos que un perro de calle, sin una pizca de energía en el semblante, con la mirada resignada y apagada que decía a todo el pueblo que jamás saldría de su miseria por ser una mujer pasiva dispuesta a recibir cada golpe del brazo musculoso de su marido con amor, ¡sí, con amor! No, no podría ser ella.

Sin embargo esa mañana estaba allí frente a mí declarándose culpable, no nos quedó más remedio que llevarla presa y esperar la condena: pena de muerte era la penitencia. Se negó a confesar los detalles de su crimen, -Culpable- dijo ante el juez y el caso quedó cerrado, en una hora se llevará a cabo la ejecución y a mí me queda la duda: ¿cómo fue a matarlo?

sábado, 17 de abril de 2010

LUNA BLANCA

Recostado en la cama del cuarto de hospital, que por bendición divina no compartía con ningún otro paciente, escuchaba la historia de tres personajes que le parecían completamente parte de él, y por extraño que se escuche, al hacerlo sentíase como la mujer paralítica y de piernas torcidas de "Responde como un hombre" de Taylor Cadwell que cada tarde su madre le leía para hacerle menos tediosa su estancia en ese cuarto, donde la mejor vista consistía en un ventanal viejo cuidadosamente pintado de amarillo y que ocupaba la mitad de la pared de ese lado; detrás de sus cristales transparentes y cada vez que la enfermera consideraba que hacia falta algo de luz al cuarto, se dejaba ver un gran tronco de árbol y unas cuantas ramas de follaje verde un tanto más oscuro de lo habitual.


 

Las paredes eran frías y blancas, ni por equivocación podrían parecerse algo a las de su recámara oscura, siempre abriendo sus puertas a mujeres hermosas y libertinas que no dudaron nunca en ofrecer su lengua húmeda para lamerle los labios con tan sólo sonreírles un poco e insinuarles su miembro erecto debajo de sus pantalones negros. A veces recordaba esos días. Su vida entera había sido un romántico y como tal, se entregaba apasionadamente a toda chica hermosa que por un tiempo, muy corto siempre, compartía aquella habitación, luego lo dejaba todo y una semana o dos permanecía encerrado, asistiendo sólo a sus clases de rutina, llevando al límite el número de faltas.


 

Después volvía más seductor, la sangre ardía en sus venas. Su mirada aparentemente triste nunca decía nada de él, quizá era lo que las envolvía en sus brazos cuando lograban descubrir un atisbo de disfrazado amor. Cualquier mujer que viera esos ojos después de besarle los labios tímidamente, jamás podría escapar de ellos, eran como la maldición que le seguía. Quizá en realidad lograba amarlas, pero su fuego duraba tan poco y por lo general encendía de nuevo en otra hoguera. No era feliz, pero tampoco infeliz, sufría un dolor crónico del alma.


 

Viéndolo así medio sedado y con tubos de oxígeno, entre otros que invadían su cuerpo, aún era hermoso, tal vez pensaríamos que ese poder se había perdido, sin embargo entre más vida se le escurría, más poder tenía su mirada, como si la muerte lo fuera liberando del dolor… su dolor crónico, su pesar e inevitable atracción.


 

Su madre, una mujer menos vieja de lo que su pelo canoso nos quiere hacer creer, tiene esa expresión un tanto nostálgica y llena de resignación de todos los familiares que al no poder pagar una enfermera que cuide de su enfermo deciden hacerlo ellos mismos, al inicio llenos de esperanza y fuerzas vitales que le contagian al paciente haciéndolo sentir que su cáncer sanará, sin embargo, tal parece que es mentira que la esperanza muere al último, pues en estas personas es rápidamente reemplazada por la resignación y finalmente la energía vital que alguna vez los motivara a buscar otras alternativas se convierte en un acompañamiento hacia la muerte de su enfermo. Hay ocasiones en que no se sabe quien está menos vivo, si el aquel que yace tumbado y moribundo que aún resignado pide con todas sus fuerzas se le permita gozar de esos detalles de la vida que jamás vio estando sano, o la madre que cada noche vela a su hijo en el cuarto de hospital resignada también pero sin deseo de saber nada del mundo fuera de ese cuarto. Uno pide vivir y el otro pide morir.


 

Aunque en el caso de Vicent no podríamos asegurar que desea vivir pero tampoco que pide morir. Simplemente sigue existiendo. Sin poder hacer nada, sin querer hacer nada al respecto. Después de todo, su nombre lo persigue, "el vencedor", "seductor". Mucho tiempo antes pensó en acabar con su vida, pero entonces conoció a una mujer, la única mujer que jamás tuvo entre sus brazos, al menos no como a las otras. Seis meses estuvo a su lado, superando la prueba máxima de tiempo, seis meses, y en el sexto la vio morir, pero ni en el último instante los ojos de ella dejaron de brillar al verle, llenos de amor por él. Fue su historia sin principio ni final, esas que en un instante se da todo, en las que se tiene y no, sin fronteras de espacio ni tiempo, sin la barrera del cuerpo, sin límites ni alcance.


 

A veces Leila, que era su nombre, tocaba en la madrugada a su puerta, invadiendo su intimidad sin permiso y aunque a Vicent le enojaba nunca pudo negarse a recibirla, entonces ella se le acurrucaba, en ocasiones inventaba una historia para que él la dejara dormir abrazada a su cuerpo, que si temblaba de frío, que si tuvo un sueño terrible y ya no podía volver a dormir, que si tenía miedo o se sentía sola, que si sólo quería sentir su calor y a la mañana siguiente despertaba acariciándole el cabello. Otras más sólo la veía pasar indiferente por un tiempo y luego, de repente le clavaba sus hermosos ojos negros y entonces sabía que había perdido. Leila, oscura belleza, el nombre no podía describirla mejor.


 

Esa tarde Vicent ya no oía a su madre, no lo hacía desde hacía una semana, prefirió embarcarse en su propia novela, cada tarde, cuando la luz que filtraba la ventana se hacía rojiza, Vicent regresaba a Luna Blanca, la llaman "La Bella", la de las mujeres bonitas y de los hombres valientes y fue allí donde por primera vez se topo con la oscura belleza de esos ojos negros, tan inexpresivos como los de él, tan vacíos y envolventes que lo paralizó cuando ella lo miró fijamente y acercándose le susurró "acompáñame". Vicent no sabía su nombre, jamás la había visto pero no dudo en seguirla. Durante una hora estuvieron andando lento, sin rumbo hasta que la tarde cayó y el cielo se vio rojizo. Entonces ella le tomó el rostro entre sus manos y le dijo: "no tengo a donde ir, llévame contigo, me iré al amanecer si así lo deseas".


 

Acostumbrado a ser siempre quien dirigía el rumbo no supo qué hacer, se quedó inmóvil observándola, intentando descubrir que había más allá de sus ojos, pero no encontró nada. "No", le dijo, pero ella le tomó la mano y ya no se la soltó hasta que Vicent la necesitó para buscar las llaves de su casa.


 

Un vestido sencillo y huaraches, era todo lo que llevaba y al parecer poseía Leila quien por primera vez le sonrío al percatarse que su nuevo protector sólo tenía una cama en una base de madera vieja, un escritorio antiguo también de madera y una silla de metal que daba la impresión de haber sido robada de un instituto de colegiales. Unos cuantos posters adornaban las paredes y la única ventana estaba justo frente a la entrada del baño de la habitación, la cubrían pedazos de terciopelo negro y jamás se abría. Aunque la casa era grande parecía que Vicent sólo ocupaba la recamara y quizá el refrigerador que guardaba sobras de paella y nada más. Después de todo algo le indicaba que no eran tan diferentes, ninguno apreciaba en demasía las cosas materiales, aunque Leila lo llevaba al extremo.


 

Lo único valioso dentro de la habitación era el librero de roble macizo, al menos así lo supuso ella, pues de los escasos muebles sólo ese permanecía brillante y libre de polvo, sus cuatro estanterías estaban tapizadas de libros viejos, filosofía y novelas románticas, así como los clásicos. Le sorprendió encontrar libros en esa casa, pero de inmediato la conectó a la persona que los poseía.


 

Leila se alejó de casa a los 15. Cuando conoció a Vicent le previno que no le tomara mucho aprecio pues solía marchar sin despedirse, que amaba la libertad y que no se enamorara. Quizá fueron sus palabras la causa de que Vicent lo tomara como reto, que mujer no podía él poseer, qué mujer antes se le había escapado…ninguna.


 

Un mes estuvo a diario en su casa, ella dormía en la cama y Vicent en el único sillón de la casa que había salvado del tiradero de basura. Durante ese mes, Leila adquirió dos vestidos más y algo de ropa interior que a diario lavaba poniéndola a secar frente al ventilador. El día treinta y uno desapareció. Vicent no conocía de ella más que su nombre, se había acostumbrado a su silencio, a su presencia y caminar cauteloso, comenzó a extrañar esos ojos negros que nunca le hablaban. Al cabo de una semana salió a buscarla, se sentó en la misma banca donde le vio pasar la primera vez y allí regresó durante dos semanas más. Decidió que ella le encontraría a él y se marchó con el pecho oprimido, al llegar a casa alguien salido de la oscuridad le tomó la mano. Entraron juntos a la casa y por primera vez en su vida lloró frente a una mujer abrazándola contra su pecho lo más fuerte que pudo, como si quisiera adherirla a su cuerpo.


 

Esa noche durmieron juntos. Luego ella le contó su vida y él le contó la suya. Pero volvió a advertirle que se iría y esta vez no debía buscarla ni esperar su regreso, luego pasaron dos semanas y empezó a no estar algunas noches, Vicent no sabía cuando ella tocaría a su puerta, a veces sólo se colaba por la ventana que él comenzó a dejar abierta por las madrugadas.


 

Una noche Leila le dijo te amo y él se estremeció, sintiéndolo como una fatal premonición, algo en su pecho se rompió, esa noche hicieron el amor por primera vez, la madrugada siguiente ella murió susurrándole al oído que tenía un terrible sueño y debía abrazarla fuerte, luego lloro muy quedo, le susurró un te amo y se durmió. Vicent supo entonces que sería la última vez que escucharía su voz y la mantuvo apretada a su cuerpo hasta la noche siguiente.


 

Un mes más tarde Vicent cayó en cama gravemente enfermo, su madre acudió a su cuidado, en el hospital le dijeron que no tenía cura y que su deterioro era muy rápido, pero no pudieron darle nombre a su padecer. Leila era su dolor.


 


 


 


 


 


 


 


 

LEILA


 

Tenía alrededor de 15 años cuando decidió escaparse de casa de sus padres. Me gustaría justificarlo diciendo que tenía una vida fatal al lado de ellos, que quizá sufría maltratos atroces, abusos y humillaciones que la motivaran a huir, pero no fue así, su historia no es nada dramática, no habla de soledad ni sufrimiento, simplemente decidió irse, una noche cualquiera cuando su madre le mandó por la cena sus pasos tomaron un desvío y ya no volvieron atrás.


 

Tal vez su alma ansiosa de libertad, curiosidad y omnipotencia de juventud la subieron a un bus: Luna Blanca, anunciaba el altavoz con la entonación de una mujer de las líneas telefónicas para adultos, ¿cómo decirle no a algo que se escucha tan sensual?


 

Luna Blanca, había oído hablar de la cuidad, muy bella decían, romántica e ideal para una luna de miel, ¿qué haría ella en un lugar como ese? Ciudad romántica…iba sola, sería difícil encontrar alguien solo en una ciudad para enamorados, pero no estaría fuera de lugar, vivía enamorada de la vida, de la libertad, del cielo azul raso, de las mariposas y los niños huérfanos. Toda su vida soñó no tener familia, ni casa, ni hermanos, soñó ser huérfana y andar por las calles descalza cambiando de ciudad en ciudad sin conocer a nadie y sin ser vista. Ahora ella misma se creaba esta oportunidad, la idea de no pertenecer a nada le nublaba la mente. No sintió ansiedad o temor, no previó que no es lo mismo querer estar sola que la soledad.


 

La tarde que se cruzó con Vicent en la plaza llevaba dos semanas deambulando, durmiendo en los parques y lavándose en las fuentes, un día antes encontró una guarida cerca de un callejón oscuro, una casa en ruinas con una hermosa fachada que aparentaba estar habitada a primera vista, dudo en entrar, sin embargo, la puerta estaba perniabierta dentro una luz tenue la dirigió a una de sus tres habitaciones. Una vela a punto de morir sobre una mesita de noche iluminaba la pobre estancia, al lado una cama con una base tan baja que parecía estar al ras del suelo, espesas cortinas color vino cubrían las ventanas y el aire que se respiraba olía a muerte y enfermedad, alcohol, hospital y sangre.


 

Sintió repugnancia. La cama parecía vacía si no fuese por las arrugas que marcaban las colchas y el leve hundimiento de la almohada de seda negra, si había una persona allí acostada no se le veía y debía estar tan delgada como un esqueleto, pues su cuerpo apenas sobresalía como un pequeño bulto de entre las sábanas. Esperó unos instantes observando fijamente aquel bulto sin forma, pensó en descubrir las cobijas pero temió encontrar un muerto, ella jamás había visto ninguno. Cuando su abuelo murió no le permitieron verle, recordó el dolor que la invadió, entonces era una chiquilla de 10 años, desde entonces nada había sido igual, había perdido su único amigo y a partir de ese momento su mente infantil decidió que ella también debía morir y nadie jamás podría verle el rostro pálido y frío, debía morir lejos de casa y sola como lo había hecho su abuelo, recostado en una cama con la única persona que veló su sueño cada noche: la abuela abrazándole por la espalda. Así su misión era morir, morir abrazada por la espalda de alguien que amara y que le amara, y nadie más podría verle muerta por eso había escapado de casa cinco años más tarde y tal vez, si creemos en el destino, tal vez por eso había subido a ese autobús, vagado dos semanas y encontrado a alguien moribundo en una casa arruinada que le recordaba de golpe su anhelado final.


 

Habían pasado unos diez minutos y ni un movimiento debajo de la colcha. Respiró hondo. Se acercó. Contuvo la respiración. Con la mano temblorosa levantó la sábana que cubría el rostro de aquel…era un anciano, un anciano muerto, su cuerpo aun estaba tibio, quizá murió en su presencia y ella no pudo darse cuenta, atrapada en sus propios pensamientos no escucho el último suspiro de aquel hombre viejo y esquelético que yacía muerto mirándole con sus ojos inertes que no obstante decían que le estuvo esperando, que estaba allí para recordarle a su abuelo y pudiera entonces verle muerto y despedirse o si el destino sigue con nosotros, era el aviso de que iba por ella y le estaba esperando en algún lugar no muy lejano.


 

Se quedó helada, incapaz de despegar la vista de esos ojos muertos, no podía moverse y apenas respiraba, un escalofrío le recorrió el cuerpo y la hizo temblar, en ese instante pensó que el alma de aquel pobre viejo estaba despegándose de su cuerpo para ser libre después de años que imagino de agonía y soledad. Cuando al fin pudo reaccionar, cubrió de nuevo al viejo con la sábana y fue alejándose despacio sin darle la espalda temerosa de que pudiera despertar cual si hubiese estado dormido.


 

Salió de la casa sintiendo el corazón oprimido, por primera vez se daba cuenta de lo tremendamente sola que se encontraba, por primera vez deseo tener una cama con sábanas calientes donde pasar la noche y su nostalgia la llevo a desear alguien, ese alguien que ha estado esperando estos últimos cinco años, un brazo fuerte que la ciñera por la espalda mientras ella intentaba conciliar el sueño. Envuelta en sus pensamientos siguió caminando, cuando regresó a la realidad estaba en esa plaza sintiendo unos ojos que la penetraban a lo lejos. Caminó en su dirección y se quedó unos instantes viéndolos también, fijamente, pero esos ojos parecían no tener vida, si era cierto que los ojos son el espejo del alma esa alma estaba vacía. Sin pensarlo dijo sígueme. En realidad no esperaba que el joven desconocido de mirada inexpresiva le obedeciera, pero de igual manera no se sorprendió cuando él la siguió.


 

Una hora estuvieron andando sin rumbo, sin hablarse, sin mirarse; una hora en la que Leila se refugió en sus ensoñaciones como lo había hecho desde siempre cada vez que sentía miedo, pero esta vez no temía sólo que descubrió por intuición que el silencio era la mejor manera de comunicarse en esos momentos y con él, sentía una extraña paz al sentirlo caminar a su lado, hubo un momento en que sus manos se rozaron por el movimiento natural del braceo al caminar, unas leves cosquillas que subieron a su cuello le llamaron la atención pero ninguno dijo nada. Si se le hubiera preguntado, no sabría como contestar qué la llevó a decirle que le diera asilo por una noche, no le conocía, ni a nadie en esa ciudad, era tan solo una adolescente ingenua y ante esa situación muy vulnerable y Leila estaba consciente de ello, sin embargo no sentía miedo y después del encuentro con el viejo de la casa en ruinas le había quedado la sensación de que esa noche su destino llegaría de una u otra manera. Leila creyó que ese chico de mirada vacía y expresión fúnebre era parte de ese destino.


 

Cuando se atrevió a tomarle de la mano comprobó de alguna manera que ya no la volvería a soltar. Esa noche la pasó en vela. Aunque el chico aún desconocido le ofreció su cama y él durmió en el viejo sofá, Leila sintió frío y por la madrugada se rindió al insomnio levantándose a velar el sueño de él. Le contempló toda la noche, se quedó maravillada de verle como a un niño pequeño, con sus lindos ojos cerrados que aún así guardaban el misterio de su mirada, como si ésta pudiera atravesar los párpados y hacerse presente a través de la espesura de sus cejas negras; sus labios se movían curiosos como haciendo pucheros y en ratos sonreían tiernos como viendo a la persona amada.


 

La delgada sábana que cubría su cuerpo resbaló en un brusco movimiento, un sobresalto del sueño y dejó al desnudo su perfecto dorso que dibujaba una línea media tan marcada justo a la altura de las nalgas. La mirada de Leila bajó más allá de lo que la sábana permitía ver, imaginando la sutil curvatura que le seguía pasando por sus piernas torneadas y fuertes, hasta detenerse en sus pies notando de inmediato el peculiar lunar en el talón izquierdo.


 

Lo cubrió tiernamente. Comenzaba a sentir un dolor que no entendía. El dolor de la soledad. Arrastró los pies en dirección a la cama vacía que le esperaba. A la mañana siguiente despertó y el desconocido no estaba ya en la casa, ni una nota que dijera si volvería y a qué hora lo haría, su desconcierto creció al ver en los pies de la cama un vestido viejo pero limpio justo de su medida, una toalla y un jabón nuevo. Una invitación para asearse que no podía despreciar, hacía tiempo que su endeble figura reclamaba un baño decente. Se dijo para sí que después de asearse se marcharía, quizá era lo que esperaba el desconocido, después de todo había sido muy amable con ella y Leila había prometido irse al amanecer.


 

El agua estaba tibia y tardó más de lo esperado en salir de la regadera. Le dio muchas vueltas a la casa antes de decidir marcharse, más bien, antes de decidir quedarse. Preparó una comida escueta con lo poco que encontró, un par de huevos revueltos y tortillas duras, algo de fruta y pan rancio. Cuando Vicent regresó a la media noche acompañado de una dama no esperaba encontrar a Leila medio adormilada a los pies de la cama esperándole con la cena servida.


 

Vicent aún recuerda con dolor la mirada que le clavo Leila al entrar en la habitación. A pesar de la oscuridad pudo ver esos ojos negros brillando por las lágrimas contenidas. Ambos sintieron la misma opresión en el pecho, ambos se congelaron perdiéndose en la mirada del otro, ambos se hicieron sordos ante la chillante voz de la dama desconocida que exigía saber qué rayos estaba pasando y quien era esa vagabunda, porqué estaba en su casa, era acaso una sirvienta pues le había preparado la cena; ambos esperaban mudos y presos de un sentimiento indescriptible a que todo fuera un error y la dama desconocida fuese un producto de la imaginación, que ella en realidad nunca estuvo allí, que Vicent jamás cometiera el error de dañar el amor, -porque aunque no lo sabían, ya era amor eso que sentían como opresión en el pecho y el efecto hipnótico de sus miradas- el amor que como una semillita había echado raíz la noche anterior mientras Leila velaba el sueño de su protector.


 

De una forma inesperada la magia se dio, la dama desconocida simplemente desapareció a los ojos de ambos. En realidad, la dama decidió marcharse, dio vuelta en su eje y salió por la puerta que había quedado abierta. Tal vez molesta, tal vez indiferente, tal vez primero golpeo en el rostro a Vicent y gritoneo a la chiquilla de la cama, tal vez arrojo objetos al aire o simplemente no paró de gritar, pero nada de eso importa porque nada de eso atravesó el umbral de los sentidos de Leila ni Vicent.


 

Cómo saber que pasaba por la mente solitaria de Leila, cómo saber qué pasaba por la fría y egoísta mente de Vicent. Lo único que nos queda es describir el ambiente. Un cuarto oscuro, al que si hubiésemos entrado de pronto nos tendríamos que haber detenido en seco al sentir un muro invisible que impedía la irrupción de cualquier cosa, así fuera objeto, persona o sensación ajena a la que protegía. El muro era frío, Leila lo pudo tocar, o mejor el aire; frío y electrificante pues cada uno de los vellos del cuerpo se erizaron. Sus ojos se fueron secando lentamente, su corazón comenzó a latir suave y rítmicamente, sus labios se abrieron para decir algo pero la voz aún no regresaba. Vicent rompió el muro y entró. Lo atravesó y su brazo le levantó la cara, no se esforzó en intentar hablar pues ya sabía que no tendría voz, pero sus labios se entreabrieron para depositar un suave beso en los de Leila.


 


 


 


 


 


 

CUATRO MESES


 

Era abril cuando Leila le llevó a los prados, habían pasado algunos meses, no llevaban la cuenta era mejor así, pues ninguno estaba acostumbrado a sentirse preso del tiempo, de personas ni lugares. Enemigos de los calendarios y relojes. Amantes de la libertad. Por eso lo llevo a los prados. En ese lugar de naturaleza salvaje el tiempo se media por colores, verde intenso anunciaba las lluvias y el tiempo de estar, el tiempo que Leila estaría junto a Vicent; cuando las hojas perdían color y se opacaban anunciaban que la partida se acercaba, amarillo otoñal indicaba el fin, la despedida. Pero eso sólo lo sabía ella.


 

Había pasado alrededor de una semana desde el incidente de la dama desconocida. Llevó un canasto con panecillos dulces, una botella de leche y el cuaderno de dibujo que encontró en el cuarto de Vicent por coincidencia. Él cargaba el caballete que estuvo arrumbado durante años y funcionaba como perchero en su cuarto, una mochila deshilachada con carboncillos y lápices, goma, spray fijador e ingres. Hacía tiempo que no pintaba, mucho menos así. Pero Leila había insistido.


 

Le miró traviesa mientras él preparaba los materiales. Escogió de fondo un árbol. Su tronco era my peculiar, demasiado grueso y abierto por el frente en forma de arco, como si fuese una puerta, por dentro estaba hueco de tal forma que una persona de 1.80m y de complexión robusta podría introducirse sin necesidad de encorvarse. Un excelente escondite en tiempos de lluvia si no fuese por el magnetismo de los árboles con los rayos. En derredor de éste sólo había pasto, lo suficientemente alto para recostarse y no ser visto desde lo lejos. Cuando Vicent indico que estaba listo ella corrió dentro del gran tronco seco.


 

Ante la mirada estupefacta de Vicent se desabotonó el vestido y dejó que solo se deslizara descubriendo lentamente su cuerpo desnudo. Ya estaba descalza así que no bajó ni cuando sintió diminutas cosquillas en los pies, quería mantener su mirada fija en Vicent, sabía lo que causaba al mostrársele así, le parecía divertido y excitante. Salió de dentro del tronco y se recostó de costado sobre el pasto algo húmedo. En el cielo un par de nubes taparon momentáneamente el sol, permitiendo sólo un rayo de luz rojiza que le daba a su piel un tono cobrizo y resaltaba sus ojos grandes haciendo extrañas sombras en su rostro.


 

El pelo negro y largo cubría uno de sus senos y dejaba semioculto el rostro, el brazo izquierdo doblado en L frente a su cara y el otro descansado sobre su costado derecho, acentuando la sutil curva de su cadera. Mirada fija en el vacío, labios ligeramente separados y las piernas semiflexionadas hacia el pecho permitiendo a la vista escudriñar la línea del abdomen que iba del ombligo al pubis. Piel como de terciopelo de un mismo tono desde los pies al rostro y con ese cobrizo haciéndole brillar. Ella en sí parecía una pintura rodeada del pasto que ayudaba a cubrir su sexo a medias y acariciaba sus muslos. Las sombras que la luz rojiza reflejaba en su cuerpo resaltaba sólo sus partes sensuales, haciéndola ver mucho más hermosa.


 

Vicent trabajó en la pintura hasta que la oscuridad abrazó el cuerpo de Leila y no era posible más que ver el brillo de aquellos ojos negros. Después ella le tomó la mano pidiéndole la ayudase a vestirse, se estremeció al sentir un dedo frío rozándole los pezones al bajar el vestido. Luego se sentaron en silencio a comer los panecillos y tomar la leche, al terminar regresaron a casa tomados de la mano.


 

Pocas veces hablaban con la voz, lo hacían más con la mirada, con ligeros roces en la piel, una sutil caricia en la mano como por accidente podría significar te amo o te quiero cerca, una mirada fría comunicaba el deseo de soledad, entonces cada uno se marchaba por su lado pudiendo regresar por la madrugada o varios días más tarde.


 

Así pasaron cinco meses y los árboles ya no eran tan verdes. Una especie de tristeza invadió el rostro de Leila. Una mañana salió antes de que Vicent despertara, no era muy temprano pues él siempre despertaba después de medio día, antes de esa hora sólo lo despertaría un terremoto –quizás- y aunque era muy sigilosa en realidad no se preocupó por hacer ruido. Echo una mirada rápida a la casa, suspiró y partió. No volvió hasta que las hojas comenzaron a caer.


 


 


 


 


 


 


 


 


 

SEXTO MES


 


 

Un día antes lo llevó de nuevo a los prados. De nuevo el árbol y el atardecer. Un abrazo, un beso tímido. Una sonrisa, la única y primer sonrisa desde que se conocieron. Esa tarde era extrañamente fría, el aire se colaba a los huesos congelándolos, la piel dolía al contacto y era difícil caminar. Nubes de polvo se alzaban en la ciudad y desde allí podía vérselas a todas. Las ramas de los árboles chocaban unas contra otras con un sonido hueco en vez del relajante sonido de las hojas al acariciarse por el suave roce del viento. Las aves estaban en silencio y ya habían regresados a sus respectivos nidos. A pesar del movimiento de la naturaleza todo parecía estático.


 

De camino a casa Vicent creyó ver un viejo huesudo muerto sobre la acera fuera de una casa en ruinas, apenas cubierto con un harapo, el interior de la casa dejaba ver la sombra de una vela y la sombra de una chiquilla con el brazo extendido. Perplejo volteo mirando a Leila como interrogándole pero al querer explicarle señalando en dirección a la casa, ella se burló diciendo si acaso le temía a los perros. Cuando volvió la vista sólo se topó con un perro callejero buscando entre la basura y la casa en ruinas sólo era un edificio en construcción, no había vela ni niña dentro de él.


 

Esa noche Leila le dijo te amo y él se estremeció, sintiéndolo como una fatal premonición, algo en su pecho se rompió, esa noche hicieron el amor por primera vez, la madrugada siguiente ella murió susurrándole al oído que tenía un terrible sueño y debía abrazarla fuerte, luego lloro muy quedo, le susurró un te amo y se durmió.


 

El destino la había alcanzado…


 


 


 


 

Escala de grises



 


 

 

 

 
Regálame la magia de una sonrisa
En el rostro de un niño,
Regálame la ternura de tu diminuta mano
Aferrada a mi pulgar,
Regálame la felicidad de tu existencia…

 

 

 

 

 

 

 
Un final que se niega a llegar, un final al que me gusta darle la espalda y a veces anhelo, pero es que es eso lo que mantiene viva la historia, un final que se niega a llegar, y es que no conocemos el tiempo aunque como un animal salvaje siempre está al acecho.

 
Algunos dicen que debería temerle, en mi interior lo hago, en mis momentos de nostalgia y algunas tardes frías, mi silencio me lo grita pero es fácil ahogarlo si no tiene voz y mis oídos son sordos mientras mi corazón palpite fuerte o suave hacia cualquier dirección.

 
Nunca niego que está presente, nunca niego que de vez en vez duele y asoma una diminuta gota de cristal en mis ojos un tanto ciegos al mundo, a ese mundo del cual alguna vez fui parte, parte que se escindió elevándose más allá de la superficie, más allá de lo comprensible y se fue dejándome en un plano intermedio, flotando entre lo real y lo imaginario, haciéndome un mundo propio que no obstante es permeable a esos otros dos mundos y uno duele y el otro también.

 
Y el tiempo existe en ambos, y el tiempo duele, pasado y futuro, el presente no existe…

 
El pasado con sus grietas en la piel vieja y llena de cicatrices y un futuro infantil, ninguno me pertenece. Y ese final que se niega a llegar…

 
…No, no hay tantas cosas por vivir…

martes, 13 de abril de 2010

Remordimiento

Culpa. Nunca creyó que fuera amor el motivo por el cual la trataba como lo hacía. Culpa. Era la palabra que leía en sus ojos y la primera que resonaba en su cabeza cuando le trataba amablemente, cuando le traía algún obsequio, cuando le entregaba puntualmente su mesada.

Conocía bien ese sentimiento, podía saber lo que era darse cuenta de las atenciones de otros debidos a la culpa, pero hasta ese día se percato de lo que era sentirse culpable y querer compensarlo de alguna manera.Culpa. Era ahora lo que leía en sus ojos al verse al espejo. Culpa. Miedo. Temor de que también él pudiera descubrirlo en su mirada, en sus atenciones, en sus palabras, en sus silencios, en sus preguntas. Culpa. Un extraño dolor en el abdomen, palpitaciones, pupulas dilatadas y ojos que desvían la mirada, nariz que respinga y da comezón, risita nerviosa, preguntas indagatorias que desconciertan y revelan a hurtadillas la verdad.
 
Sentimiento que carcome las entrañas y coarta la libertad. Sentimiento que aisla y crea un muro invisible entre sus pieles, fabrica hiel y a veces es insomnio. Sentimiento que busca salir, escapar mediante la palabra, mediante la acción, mediante el perdón.

Una vez, una tarde, un deseo, un desconocido, una habitación, un medio, un error...