Lo que dejo atrás

Lo que dejo atrás
caminar

También Sígueme en

  • El narrador - Verónica rompe en llanto de desesperación, las semanas ya le han parecido años encerrada en ese lugar pese a sus caminatas, pese a que le permiten estar ...
    Hace 1 año
  • Intermedio - ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: El desamor como principio básico de mi existencia, o de la Existencia, así...
    Hace 1 año

martes, 24 de septiembre de 2013

Fue su voz y fue su beso


Fue su voz y no su beso. Así tituló un poema un viejo colega, compañero de letras y compañero de profesión, incluso espectador de la burlesca obra que es mi vida. Fue su voz y no su beso, fue su voz y no su beso…fue su voz y fue su beso, fueron sus palabras, sus preguntas y sus manos.

Ahora estoy en espera queriendo no desear, queriendo no esperar nada pero mi corazón no está de acuerdo, creo incluso que me ha declarado la guerra justo hoy a las 2:00 de la tarde; encontré una pluma ensangrentada y un recado que decía:

-Querida compañera por fuerza obligatoria de la naturaleza con que fuimos creados, a partir de este momento no cuentes con mis latidos serenos y acompasados, te martillaré con desvariados ritmos acelerados o muy lentos, todo depende de que tan pronto quiera que mueras, porque desde hoy tú y yo estamos en guerra-

Fue cordial hay que admitirlo. Tiene una tendencia suicida que nunca he logrado comprender, muy bien sabe que si muero el muere primero, pero al corazón le gusta un tanto el masoquismo, creo, pues no encuentro explicación lógica posible fuera de esta opción, de que por ello esa noche terminó de masacrar mis consejos en el momento en que bebió el primer trago. Yo le dije

Inconsciente corazón sabes que vas a perder si sigues bebiendo, ve a casa, tú familia te espera. Recuerda a tus hermanas y a tu madre a quienes dijiste que llegarías hoy. No podré ayudarte si sigues latiendo tan fuerte, aunque yo quiera ocultarte tus latidos se notan por encima de nuestro pecho-  Pero él siguió bebiendo, se embriagaba un poco más cuando él rozaba nuestra mano, al colgársele en su cintura, al caminar a su lado.

Así llegó la noche y ya borracho de amor cegador se entregó a sus brazos. Todavía luché, por momentos pude detenerlo, pero luego fue su beso y no su voz, fueron sus manos, fue su cuerpo y su calor, fueron las ganas de los dos y al final el cuerpo es cuerpo y naturalmente reacciona según el estímulo que se le dé.

Perdí yo y perdió mi corazón. No me atrevería a decir que el cuerpo ganó algo. ¡Y todavía mi arrogante corazón me declara la guerra hoy a las 2:00 de la tarde! Ahora me culpa de todo: “qué yo debí detenerlo, que por qué decidí cambiar mi plan de viajes (en eso quizá tenga razón, debo confesar que a veces me guío por lo que siente mi corazón, un reverendo problema e ironía absurda), que esto, que aquello, que yo, que él, que todo…”

Total que ahora estoy en guerra, él me ataca con sus inconstantes ritmos, bombeando más sangre a partes innecesarias y llegando a la hipoxia, entonces desvarío y entristezco, mis ideas  ya no son tan claras y mi razón parece absurda. Luego, porque al fin y al cabo yo mando, restituyo la sangre que me corresponde oxigenándome suficiente para retomar la reflexión y bombardeo a mi tonto corazón con justificaciones objetivas.

He intentado convencerlo de que más bien deberíamos aliarnos y buscar revancha. Pero mi corazón además de tonto es muy noble y no le gusta nada que tenga perfil de venganza. Prefiere confiar en los buenos sentimientos de las personas. No entiende que algunas personas sólo tienen corazón en su lado izquierdo y a la izquierda todo vale menos.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Encontrarte para perderme de nuevo



Te estuve leyendo. Cuando me siento perdida vuelvo a ti, recorro tu camino hasta que me encuentro en él y entonces hago una pausa elevándome para ver todo con claridad. Por supuesto que esto implica un trabajo de varios meses, porque primero para encontrarte tengo que buscarte en cada una de tus letras.

Contrario a lo que los demás piensan, que te encuentro en los recuerdos y te guardo en nuestras historias y momentos; sólo puedo hallarte donde sé que te quedaste y no, no estás en mis recuerdos, ni en mi corazón, ni en mi deseo, ni en mi piel tatuada de ti, ni en el aire, ni el tiempo, ni en el espacio, ni en mis labios, ni en mi tristeza y no, tampoco te quedaste en mi amor. Estuviste allí, pero allí no sigues.

Estás en tus letras y para escucharte necesito leerte, para verte necesito caminar tus pasos entre líneas, para encontrarte necesito regresar a tu principio y para que me acompañes necesito llegar a tu final. Después de ese largo y cansado procedimiento te encuentro a ti, me miras y te veo, me hablas y escucho, me acompañas pero aún no puedo caminar contigo porque hasta ese momento aún no me encuentro. Sé que estoy allí en algún punto, quizá en una coma o en un acento.

Seguramente para cuando me acompañas ya han pasado dos meses y me sigo buscando. El problema es que afuera mi cuerpo sigue, se mueve y hace todo lo que yo debería estar haciendo, con la peculiaridad de estar desconectado de mi alma porque aún no la encuentro se quedó varada en una parte del camino. 

Es el momento en que me tiendes la mano, vas caminando y yo te sigo. Me lees tus historias sin tiempo, conjugando pasado, presente y futuro, una silueta de mí comienza a formarse al rato de varias historias, entonces sonríes y comienzas a ser menos luminoso. Conforme yo me hago más tangible tú vas desapareciendo. Aquí me enfrento al dolor puro. Yo sé cuál es el final. Lo primero que pierdo es tu voz, tu sonrisa es cada vez más una intuición, al final tus manos se vuelven oscuridad, desapareces, te me esfumas, te pierdo para encontrarme.

Termino llorando y desgarrada. Completa y vacía. ¿Será? Si de ti me formo ¿quién es el que no está? 

Te estuve leyendo. Aún no encuentro tu silueta. Sigo caminando entre párrafos y versos tratando de escuchar todo lo que no dicen, entre líneas, en cada punto, en cada coma, hasta hallarte en un acento, en unos puntos suspensivos, en una silueta de mujer fumando con el corazón a rastras y las manos sangrantes; con la voz cortada y los ojos rotos, con el cuello mutilado y una lágrima que no alcanza a llegar a mis manos.

Te estuve leyendo porque necesito encontrarte para perderme de nuevo.



miércoles, 18 de septiembre de 2013

Vicio Inmundo


Se me está haciendo vicio hablar contigo. Algunos dicen que estoy enamorada, la verdad yo no me siento así. Por eso le llamo vicio. Si no te hablo, pero más aún si no me hablas, me da el síndrome de abstinencia, comienza el insomnio, sólo doy tumbos en la cama, sudo y me desespero, no puedo concentrarme en nada pero sobre todo sólo deseo hablarte, que me hables. Como un vicio que corre entre mis venas envenenando mi sangre. Como el cigarrillo que quiero cuando sé que ya no tengo ninguno, aunque el último haya durado en la cajetilla todo un mes. El sólo hecho de saberte lejos, de no verte, de no tenerte me hace desearte cerca y, sólo quiero hablarte, cada noche antes de dormir, o en el día o al amanecer.

Si tan solo estuviera enamorada lo comprendería.

Esa forma arrogante que tienes de sostener la cabeza y mirar de reojo aunque estemos de frente. Esa forma sutil de abrazarme tan sólo con el contacto físico indispensable. Esa forma callada de hacerte presente y no decir nada y sin embargo llenarlo todo. Esa forma de controlarte todo, tu cuerpo, tu mente, tus momentos, tus palabras. Todo lo que dices es corto pero llega justo a donde quiere llegar, sin rodeos, sin penas, rompiendo todos los muros que antes se hallan puesto. El sentir tus ojos, el imaginar tu postura y actitud cuando me escribes, cuando te escribo, mientras te leo.

Eso y más altera mis sentidos y nubla mi pensamiento, yendo del odio al deseo, del rechazo a la necesidad inmediata. Un vicio, un vicio inmundo que me está matando y entre menos dosis más quiero, pero a mayor dosis me muero.


 

martes, 17 de septiembre de 2013

Diez minutos


¿Se han puesto a observar cómo se escapa el humo del cigarrillo al través de una ventana? El humo vuela libre hacia el exterior, delgado y fino, casi imperceptible y siempre hacia el mismo rumbo, como si supiera exactamente hacia dónde tiene que ir. Diez minutos aproximadamente es lo que tarda en apagarse. Diez minutos y… ¿cuántas bocanadas?

He visto un millar de personas que cuando ven que está por terminarse dan tres bocanadas seguidas, como en un intento de extraer hasta lo más mínimo de ese cigarrillo. Tres bocanadas en las cuales el tiempo se detiene y toda su atención se concentra en ese cigarrillo. Luego. Luego sólo queda aplastarlo en un cenicero y esperar el tiempo suficiente para encender el siguiente.

A veces me pregunto si esos diez minutos son los que perdemos por cada cigarrillo que fumamos. Pero como nadie sabemos cuánto tiempo total será nuestra vida esa idea pasa a ser irrelevante. Al final, al final sólo seremos una colilla más en un gran cenicero. Claro, nosotros no somos cigarrillos.

Mientras nos vamos apagando sabemos cada vez menos hacia dónde dirigirnos y en la plenitud no nos damos cuenta que estamos encendidos, y cada día más es un día menos. En tanto, seguimos matando cigarrillos, a solas o en compañía. Diez minutos menos y… ¿cuántas bocanadas?

 

 

 

Nimiedades


Espero sin esperar. A veces, cuando la noche llega y el sueño intenta huirme, ruego sin rezar. Pienso en silencio con la esperanza de que nadie sepa lo que digo y rogando, rogando muy fuerte que él lo sepa y me diga algo, me lleve al camino, me diga por dónde continuar mirando.

Su silencio es más fuerte que el mío. Por eso espero sin esperar. Con la ilusión del que llega a su fin serenamente, ya postrado en la cama de cualquier hospital. Con la paz que da la resignación. Sin dolor, sin pena, sin anhelo.

Tan sólo viendo llegar un día tras otro. No soy triste si es lo que parece. Pero ciertamente no soy feliz.

Certezas


 
 
Hay algo que no entiendes. Lo pienso con tristeza, tal vez porque no sé qué es ese algo. Hoy quisiera preguntarte ¿por qué me quieres si no me conoces? ¿Por qué te atreviste a entrar a mi casa estando cerrada? Jamás pensaste, quizá, lo que provocabas al mirarme, al hablarme, al recordarme que existo y que a mi alrededor el mundo sigue. Me parece injusto. ¿Qué hago ahora con mis ventanas y puertas abiertas? ¿Cómo dejo de sentir la brisa, cómo vuelvo a cerrar los ojos? Si en cada momento deseo hablarte. Quiero conocerte y que me conozcas pero estamos tan lejos.

Hay algo que no entiendo. ¿Por qué me quieres? ¿Por qué me hablas? ¿Por qué duermes conmigo cuando te veo? ¿Por qué me dejas tocarte? ¿Por qué me confundes así?

Hay algo que no entiendes, yo quiero estar contigo y te veo a lo lejos, con tu vida, y mi vida al otro extremo del camino, opuesto claro. Y en tu final no estoy yo. Y en mi final ¿Quién?

martes, 3 de septiembre de 2013

La cordura eres tú

A veces sólo quiero oír tu voz. Su sonido me tranquiliza, tiene el mismo efecto relajante que escuchar caer el agua de una cascada lejana, imaginando sólo la fricción del agua con las rocas a su paso.

A veces sólo quiero percibir tu aroma suave, cálido...acurrucarme en él, sin tocarte, sin sentir tu abrazo, dejando que tu olor lo llene todo.

A veces sólo quiero tu abrazo. Escuchar los rápidos latidos de tu corazón una vez que me sientes cerca de tu cuerpo, para darme cuenta luego cómo van regulándose después de esos segundos de duda antes de tu abrazo. Entonces te quiero mudo y sin olor, para saberme libre, para saberme mía.

Sin embargo tu aroma me abrasa el alma, tus palabras son cadenas, látigos de verdugo y tu cuerpo...Entonces te quiero lejos. Te quiero ausente...El instante que sigue a tu despedida te quiero todo, te quiero cerca, te quiero mío.

A veces sólo quiero verte, para morderme el alma que en silencio sofoca un "no te vayas"