Lo que dejo atrás

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domingo, 24 de noviembre de 2013

Negro

Llegando a casa todo estaba tan silencioso. Mis habituales muebles me dieron la bienvenida, casi nada; el sillón individual (el único en casa) me invitaba a su reconfortante regazo, el único cuadro colgando en la pared señalaba hacia mí con sus 35 ojos acusadores. Afuera llovía, sin embargo parecía llover en silencio a pesar de ser una verdadera tormenta. Todo en casa me esperaba tal como lo había dejado: en silencio.

Esta vez yo tampoco hable, entré en silencio cerrando con llave detrás de mí, no esperaba a nadie, nadie entraría detrás. “Esta eres tú” silenciaba todo mi alrededor, “esta eres tú”. Un sillón individual como sala; una mesa de estudiante sin sillas haciendo de centro en el comedor, un librero lleno de historias, una cocina que no alimenta a nadie y un cuarto que da frío…

“Esta eres tú. Esta soy yo” me dije, en silencio, me pensé. “Sí, ésta soy” Un viaje que me deja varias huellas y un par de heridas viejas completamente renovadas. Dos días de aprendizaje, de re-conocimiento, de aceptación, de serenidad y ¡por qué no! También de Valentía, con V mayúscula y en negritas. Un viaje de silencio con mucho ruido… un viaje de resignación.

Esta soy yo y me acepto. Este es mi hogar y lo aprecio. Este es el silencio que me reconforta, que me da la bienvenida. Esta es mi soledad que me apacigua, que calma mis huracanes y aviva mis miedos. Este cuerpo que me encierra es mío, habla con sus dolencias y lo amo, lo cuido, lo respeto.

Estos son mis sueños plasmados en 500 libros risiblemente acomodados sobre un librero empolvado. Libros que me hablan, libros que me acompañan, libros que amo. También guardan restos de vida, empolvada como todos ellos, recuerdos silenciosos que a veces se esconden tras un simple separador, una coma o un punto final.

Antes había aquí, otros sonidos de vida, ahora sólo silencio. Ya no se escuchan siquiera los murmullos del eco que aún esconde cada pared. El patio recogió los pasos que por él se arrastraron. Las hojas secas que caen, se atreven a penas a cortar el aire. Mis frutos demasiado maduros alimentan los pájaros que a mi árbol llegan, pero ya no deleitan el paladar de la gente porque aquí nadie entra. No hay visitas vespertinas, nocturnas o de fin de semana; no hay risas infantiles ni pasitos correteando pelotitas de goma. No hay un horno caliente esperando apetitos enormes ni caras sonrientes.

Aquí hay historias calladas y el cálido abrazo de la soledad. Una soledad que me permite acompañarme, estar conmigo. Una soledad que me escucha y escucho, me sonríe y le sonrío, me abraza y por las noches me cuenta historias para conciliar el sueño.


Esta soy yo. Alguien que no es por o en los otros, sino en sí, dentro, en silencio y en soledad. Alguien que guarda deseos bajo la almohada, alguien que tiene una caja repleta de sonrisas, paciencia y canciones de cuna, y que las canta en sueños donde cada vez que llega a casa hay una sonrisa y unos ojos impacientes esperándola a comer, donde por las noches unos brazos cálidos y fuertes la arropan. Esta soy yo, un monumento al recuerdo, un suspiro que lo dice todo, que lo calla todo…

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