Lo que dejo atrás

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jueves, 15 de enero de 2015

Blanco y Negro



Soñé contigo, estabas tan bella envuelta en un vestido de encaje rojo, tus piernas largas y tersas se antojaban debajo de unas medias de nylon negras y al sentarte, el vestido corto dejaba al descubierto el encaje superior que indicaba el inicio de la media en tu muslo. Aunque anduvimos mucho tiempo juntas, casi no hablaste, todo el tiempo ibas callada a mi lado, a veces detrás, a veces por delante mirando de soslayo si te seguía los pasos.


Al parecer fuimos al cine, porque recuerdo haberme perdido entre los cajones de un estacionamiento interminable, para no perder mucho tiempo o por alguna razón que no recuerdo, tú te bajabas del auto mientras yo encontraba donde estacionarlo. Desde el auto, dando vueltas en círculo y con una desesperación en la panza, te veía todo el tiempo, caminabas altiva y solitaria, levantando envidias en unas, deseos en otros y mi desesperación crecía al verte expuesta, aparentemente indiferente a las miradas que te seguían pero en el fondo, yo sé que tu vanidad sonreía.


Al fin encontraba un cajón frente a una de las puertas de acceso al centro comercial. Corría en tu búsqueda, te encontraba sentada en unas gradas, sin que tus labios se movieran y ni un solo gesto facial me diera indicios de tus pensamientos, te levantabas y avanzabas frente a mí hacia el interior de la plaza. En ese momento quería apagar todos los ojos que te rodeaban, quería encender la luz del sol con tal intensidad que todos quedaran cegados, pero me di cuenta que era de noche y mis celos no pudieron más que seguir guardados en una opresión de pecho.


En algún momento te me perdiste, ya no vestías tu hermoso vestido rojo de encaje, ahora trepabas en un árbol con botines de hombre, camisa de cuadros y jeans ajustados de un tono azul deslavado. Durante todo el sueño me sentí confusa, no sabía cómo retenerte a mi lado, y la sombra de ella, con la que luego te encontrabas a la sombra del árbol que a lo lejos sigo viendo, me dolía, me perseguía, me irritaba. No sabía si tenía que ser más femenina o más masculina, si abrazarte de la cintura o por los hombros, si hablarte o respetar el mutismo que sólo tus ojos, al verme, interrumpían.


Mi corazón cobarde y acongojado temía a cada instante perderte. Tus miradas me lo dicen todo y también me dejan indefensa, sin posibilidad de arremeter o resignarme siquiera.  Esos ojos negros, profundos y altivos, porque he de confesarte que todo en ti cambia menos tus miradas (colores sí, sentido no), ni tu piel siempre blanca y tu pelo siempre negro. Tal cual te percibo, opuesta y contrastante, ángel y demonio, agua y sed, miedo y alivio, amor y odio…blanco y negro.




1 comentario:

Lemaldit dijo...

Te leí y me via mi misma en ti. Aunque no me reconocía, como si fuera otra. Lo mismo me paso al leer mis palabras, las que recordé gracias a ti.
Me gustas.