Lo que dejo atrás

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viernes, 5 de diciembre de 2008

La cajita de cristal


Quiero contar una historia, no es una historia alegre, pero vale la pena ser contada. Se trata de una niña, una niña alegre, juguetona, traviesa, afectuosa, que a sus 35 años sigue siendo niña, sigue divirtiéndole hacer bromas a las personas, jugar con los niños pequeños, hacer travesuras con ellos, patear la basura por las aceras, sigue carcajeándose por cosas simples y tontas…en verdad es una niña.

Quien conoce su historia le parece completamente increíble verla actuar tan infantil en momentos y tan serena ante los problemas. No siempre tiene soluciones pero sí, siempre las busca. Todos los amigos que tiene son tan distintos entre sí, algunos incluso opuestos, y las personas que más ama siempre son las más conflictivas.

Suele olvidarse continuamente de frecuentar a sus amigos, pero en el momento menos esperado o más necesitado aparece ante ellos, siempre dispuesta a apoyar, ayudar o resolver si es necesario.

La historia que relataré comienza en la secundaria; tengo que aclarar que Azucena siempre fue muy enamoradiza, se podría decir que vivía enamorada del amor, podía no existir ningún chico que le gustara pero siempre estaba escribiendo poemas y suspirando, con la vista perdida en el espacio.

Fue en la secundaria cuando su vida dio un giro, decidió (debido a una gran decepción ¿amorosa?) que ya nadie más la dañaría nunca, y tomó una cajita de cristal, le hizo un diminuto candado, se arrancó el corazón y lo encerró en la cajita. Nadie más, nunca más –fue lo que dijo y cayó al suelo desplomada.

El relato de cómo sobrevivió se encuentra más allá de toda comprensión, sin embargo, baste decirles que camina con el corazón encerrado en una cajita de cristal. Dicen que un ser divino llegó esa tarde, devolviéndole la vida a su corazón inerte, regresándola al mundo, pero claro había una condición: a partir de ese momento nadie podría amarla nunca, todo aquél que llegara a enamorarse de ella se alejaría al paso de tres meses, y ella permanecería sola el resto de su vida.

Azucena no recuerda haber aceptado la condición del ser divino, sin embargo, en un instante despertó tirada en el piso y al no ver su cajita de cristal, y ninguna herida en su cuerpo pensó que todo había sido un sueño o que quizá se había desmayado y tenido una alucinación.

Pasaron los días, los meses, todo era normal, hasta el día de su graduación. En la fiesta conoció a un chico muy apuesto, 18 años de edad, porte elegante y altivo, alto, esbelto, de unos hermosos ojos negros, grandes, con la mirada más tierna que jamás hubiera visto antes. Inmediatamente quedó cautivada por esa mirada, por suerte (quizá) era primo de una de sus amigas, así que le pidió que se lo presentara.

Víctor, ese era su nombre. Se fueron conociendo al paso del tiempo, él se enamoró y ella también, pasaron tres meses y él se fue, sin un adiós, sin nada, sólo desapareció de su vida para siempre. Entonces Azucena comenzó a pensar si en realidad, el extraño evento de hace algunos meses había ocurrido, que tal vez no sólo se había desmayado…

Así transcurrieron los años y todos los hombres que habían pasado por su vida se alejaban al paso de tres meses, ni un día más, ni un día menos. Se fue acostumbrando a no amar nunca a nadie, pasaba de unos brazos a otros siempre pensando que a los tres meses todo se acabaría y buscaría alguien más, ocurrió que ya no esperaba que se fueran, ella era la que se alejaba siempre una noche antes del último día, los visitaba en su casa, dormía en su cama y por la madrugada, cuando ellos aún dormían, se levantaba de puntitas, sin voltear atrás y se alejaba, cambiaba de residencia, de rostro, de nombre.

Hoy tiene 35 años, y sigue creciendo la lista de hombres que han pasado por su vida. Aprendió a vivir así, a no aferrarse a nada, a ser efímera, a no esperar amor de ninguno, a que nadie se quede, recorre ciudades tratando de no permanecer en ninguna, ni siquiera sus amigos saben ya su nombre real.

Su corazón ha quedado encerrado en una cajita de cristal.

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