Lo que dejo atrás

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miércoles, 1 de octubre de 2014

Quiero Pensar



Llevaba varios días observándole, había algo en él que no lograba descifrar, eso la hacía ir una y otra vez a su encuentro. En ocasiones se quedaba quieta observándole el perfil del rostro, esa mirada era más permeable de perfil que al verlo de frente, aun así sólo podía fascinarse con cada arruga que volvía su rostro severo y sólo así, en ratos, había destellos de ternura, casi hasta inocencia en su mirada (de perfil) más nunca supo imaginar qué había detrás de esa mirada oscura, de esa piel morena y gruesa.

No pienses que él era duro o inexpresivo. Ella podía identificar un par de cambios en sus facciones: indiferencia, hastío, coquetería y deseo, preocupación y sueño. Quizá eran más (o menos), se le dificultaba diferenciar lo que ella sentía de lo que él proyectaba, podría atreverme a decir que era incapaz de verlo realmente sino a través de sus necesidades internas proyectadas. Así, ella cargaba un eterno sufrimiento de saber que se alejaba en proporción directa a sus intentos de acercarse, y que inverso a lo común en una relación, ella lo conocía menos con cada momento que pasaban juntos. Era quizá que nunca lo estaban como tal, cada uno encerrado en un mundo interno incapaces de procesar.

Como te decía, ella llevaba varios días observándole, a veces lo veía tiernamente, otras como si estuviera contemplando un recuerdo; pero siempre había un destello de amor que inteligentemente había aprendido a ocultar. A mí me hubiera gustado saber qué sentimientos la embriagaban para contemplarlo con tan sublime mirada, al mismo tiempo que su rostro era completamente frío, ¿quién puede manejar tanta dicotomía?

Mientras ella le veía a él, yo me deleitaba al verla a ella, tan fría y distante, a veces humillante e hiriente en cada palabra pero siempre al final un tono de voz que, si ponías atención, era suplicante, como de aquellos que esperan el rescate tras meses de angustioso encierro y ven de pronto un rostro amable. ¿Qué era eso por lo que rogaba esa mujer? Claramente había en ella, en un lapso no mayor a una hora, un caos de sentimientos luchando entre sí, y fluctuaba del amor al odio en un pestañeo; de la indiferencia a la compasión, del rechazo al deseo… feliz y triste al mismo tiempo.

Sí, sí, estás adivinando bien, yo estoy enamorada de esa mujer. Mientras ella dedica hermosas y terribles miradas a ese hombre, yo espero ansiosa que al menos elija sentarse a mi lado. Más él siempre está a su lado. ¿Qué clase de personas disfrutan odiarse tanto? Quizá en su siguiente aparición pueda preguntarle…cualquier cosa, o tal vez me atreva a decirle “sé cómo lo ves…” ¿Crees que hubiera alguna reacción? Si me atrevo a desnudarle las miradas, se le levanto el velo del rostro y la encaro con su propia dicotomía, si le digo: “eso que sientes se llama amor, lo sé, lo sé porque a mí me pasa igual…” ¿podría sostenerle la mirada? ¿Y si se espanta y se va? Al menos mientras callo puedo seguir aprendiendo cómo callar el amor de los ojos, así, como ella hace con él.

Pero ella llevaba varios días en la ciudad, y cada noche contemplándole a él  y yo a ella, cada noche se me quedaba pegado a la piel el deseo de ir tras sus pasos cuando ambos se despedían, y ella invariablemente se iba con él. Me quedaba en el pecho un ardiente deseo de matarlo, a veces también de asfixiarla a ella, así como me ahogaba su presencia, el imaginar que quizá en la noche el velo caía, ya con la libertad que da la embriaguez y el deseo. ¿Qué pasaba en la noche cada vez que se iba con él? ¿Dormían separados o fingir era trabajo diurno? Estaba enloqueciéndome, su presencia esporádica había pasado a ser, eventualmente (temporaria), diaria.

A la quinta noche no pude soportarlo más, mi pecho se inundó de odio cuando su mano se posó en la barba de él acariciándole, con esa mirada de amor, un destello o un desliz que duró el tiempo suficiente para que él la recibiera con complicidad. Mi mente se llenó de preguntas, quería pensar (mucho tiempo atrás) que era la afectividad normal entre un par de amigos, no obstante la patada de burro que recibió mi estómago me indicaba lo contrario. Comencé a odiarlo, y a ella por amarlo.

Así, poco a poco, mi mirada fluctúa de amor a odio, en un lapso no mayor a una hora, tengo un caos de sentimientos luchando entre sí, de la indiferencia a la compasión, del rechazo al deseo… feliz y triste al mismo tiempo. ¡Cuánto la comprendo ahora!




1 comentario:

Cuervo Nagâ dijo...

Del odio al amor, a veces sólo un pestañeo... Dividido entre la felicidad y miles más de sentimientos. También la comprendo.