Lo que dejo atrás

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martes, 3 de marzo de 2009

Confesiones I


Ahora es más fácil, lo complicado es hacerlo por primera vez, pero cuando pasas esa barrera, cuando rompes el límite entre lo que creías no poder hacer nunca y lo que harías, cuando las fronteras de tu conciencia se amplían, cuando te has vencido a ti mismo ya nada importa, ya nadie más podrá detenerte, ya nada más cambiará tu rumbo, a menos claro que de nuevo tú mismo te atrevas a hacerlo, pero que tanto puedes retroceder? Hay cosas que son irreversibles…
La primera vez tuve que buscar un motivo, y debía ser muy bueno, algo que no me hiciera sentir culpa: justicia fue la clave.
No recuerdo la segunda vez, creo que fue accidental, pero la tercera fue toda una experiencia de poder y placer. Me encontraba paseando por Camargo, muy cerca del panteón, ya comenzaba a oscurecer, recuerdo que, y lo recuerdo porque pocas veces estoy así, que sentía una gran paz interna, iba disfrutando cómo el viento erizaba mi piel al rozarla, me sentía libre, plena…
Luego lo vi, de pronto iba siguiéndole los pasos, dobló en la esquina y continuo alejándose de la ciudad, cuando llegó a la orilla de la ciudad, justo en el camino para llegar a San Ignacio vi mi oportunidad, nunca lo había tenido así de cerca después de tanto tiempo. En mi mochila cargaba siempre una navaja que me recordaba a mi padre, con una bandera de EUA en la empuñadura. Mi corazón comenzó a latir fuerte, sentí mi sangre caliente y me di cuenta que ya no quería evitarlo.
Él iba tan feliz caminando solo… lo alcancé y clave la navaja en su costado sintiendo como pasaba justo debajo de una costilla, su sangre caliente resbaló por mi mano mientras yo clavaba más profundo y miraba sus ojos sorprendidos y aterrados fijos en los míos. Cómo disfrute esa mirada, después de tantas en las que lo había hecho con burla, con poder, humillándome mientras yo estaba de rodillas o él sobre mí, sí me causaba tanto placer ver su dolor.
-Hola, cómo estás? Ya sé cómo estás pero cómo estás? –le dije, recordando sus propias palabras cada vez que me encontraba sola por el pasillo oscuro de la casa.
Cayó al piso al momento que sacaba y volvía a clavar la navaja ahora en el vientre. Nunca antes había estado callado en mi presencia, nunca antes su mirada para mí había sido otra que la que me desnudaba libidinosamente ante cualquier persona, pero ahora yo tenía el control, yo tenía el poder. No necesite mucho, verlo herido me bastaba, pero no podía dejarlo vivo, lo maté solo por protección en realidad no quería hacerlo, no lo disfrute tanto como a otros.
Sólo me llevé sus ojos de recuerdo, aún están en mi escondite junto con todos mis trofeos, tenía que conservar esa mirada aterrada de mi más grande verdugo…

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