Lo que dejo atrás

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martes, 24 de junio de 2014

Trilogía de un sueño


En la cama recostada sobre mi costado izquierdo, tú de frente a mí, semirecostado, sobre tu codo. Descanso desnuda ante ti, tú me miras.

De pronto tus manos rozan mi pierna, yo no me muevo, intuyo hacia dónde vas; separo ligeramente una pierna de la otra, tus labios besan mi rodilla y entonces me vuelvo de frente y mi sexo queda expuesto a ti. Te miro e inmediatamente después cierro los ojos; no quiero verte cuando tus dedos exploren mi vulva, ni cuando encuentres mi clítoris y lo toques toscamente, no quiero verte cuando me penetres brusca y tontamente con dos dedos y que mis ojos se encuentren con esos ojos tuyos tan cínicos de lujuria, esperando la más mínima señal de placer mío para detenerte. Incluso he ahogado un (silencio). Estoy triste porque sé a dónde vas y conozco el final: gran cantidad de líquido blancuzco y pegajoso recorriendo mi garganta, yo desnuda, tú vestido; después tu espalda, una puerta que se cierra tras de ti y la luz que ahora se apaga.

Pero tus manos se detuvieron con el beso en mi rodilla y ahora siento tu aliento muy cerca de mi boca. Abro los ojos, encuentro tu rostro sonriente. -¿Qué pasa? –Nada

Me besas tiernamente los labios. Esto y esto ya no están separados, me dices, al tiempo que señalas mi sexo y mis labios. Entonces despierto con un suspiro profundo y tratando de contener el llanto, evoco tu recuerdo congelando la imagen en mi memoria; tu sonrisa se queda petrificada, parece así, una mueca burlona, cínica, respaldaba tras el brillo malévolo de tus ojos grises.

Suspiro una vez más dejando libre el recuerdo. Me levanto, no tiene sentido ya tratar de conciliar de nuevo el sueño.

Me dueles E., me digo.
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-¿Salimos hoy? –Sí claro.

Las 8:30pm y aún no llega, el corazón empieza a revisar cada palabra, cada salida previa, cada mirada…analiza todo en busca de señales, ¿qué pasa, qué está mal?

-Oye, ¿qué pasó, vendrás? –Ah, lo siento, de verdad olvidé que tengo que ver a Laura y sus amigas, pero puedes venir si quieres, cenaremos en el café del otro día, ¿qué dices, vienes? –No, creo que no, prefiero seguir sola.

La conversación termina mientras una película de escenas mudas aparece frente a sus ojos muy abiertos, imagina un grupo de mujeres todas riendo, todas felices, todas guapas y a él entre todas ellas, riendo también y tomando de la mano a Laura. Ni siquiera la ha visto una vez, pero se la imagina guapa e imponente.

De la casa ha dado un salto en el tiempo y el espacio para encontrarse en un parque de diversiones, ve la Gran Caída frente a sus ojos y piensa en estar con él allá arriba, quiere comunicarle su sentir, sus ganas de la sensación más intensa que se atrevería a probar en su vida. Son muchos metros hacia abajo, la caída, aunque también subir tiene su mérito.

De la nada y en instantes, de la misma manera que llegó ella al parque de diversiones, están ahora juntos trepados en primera fila en el juego mecánico de altura, sólo piensan en bajar de allí, la angustia se fue apoderando de ambos a mitad de elevación. Sin embargo ella fue la del reto, él está allí debido a ella y por eso ella ante todo está feliz. El inicio de la caída provoca náuseas en ambos y esto la despierta.
Abre los ojos infinitos de tristeza, con un solo nombre en la comisura de los labios: Laura…
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No quiero repetir historias, se dice una y otra vez, no quiero repetir historias. Lo invitó a conocer su nuevo hogar, todo  el día ha pensado en ello, quiere tener todo en orden para que sea agradable a la vista de él. Incluso regresó su gusto por las plantas y habla de temas de decoración con las amigas.

Entran juntos. Ella nerviosa, él… no lo sabemos. Al entrar nada está en orden. No hay muebles en esa casa, ni uno solo, todo el piso está vacío. Quizá debiera sorprenderse pero en el sueño nada es extraño, del aire saca unas colchas que extiende en la duela de la recámara principal, se recuestan mirando un ventanal, a lo lejos un cerro, las nubes grises y las gotas de lluvia que comienzan a empañar los cristales.

Ella abrazada a él. Él pasando su mano sobre sus cabellos. No te vayas, le dice. No puedo quedarme, responde. Somos amigos, ¿cierto? Solo amigos. No puedo ofrecer nada más.

El sueño se congela, la misma escena, una sola, dos cuerpos recostados sobre colchas en la duela de una recámara principal, sin muebles, sin adornos…no es un hogar, sólo el deseo de uno; no es una pareja, no es amor, es, simplemente, la ilusión de coincidencia.


1 comentario:

Cuervo Nagâ dijo...

He vuelto a leer esta trilogía onírica con la aclaración que me hiciste hace días. En verdad cambia completamente la perspectiva al usar la primera persona, las imágenes se vuelven más nítidas.

Abrazos.