Lo que dejo atrás

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domingo, 20 de marzo de 2016

Alabanza






De las mentiras que solemos decirnos a nosotros mismos, la más cruel y despiadada es sin duda: todo estará bien. Frase sin sentido a la cual necesitamos aferrarnos desesperadamente justo cuando sabemos que una tormenta se avecina, o cuando estamos ya en el ojo del huracán, viendo los escombros de lo que fuimos, lo que creímos ser.

Nuestro mundo yace irreconocible bajo los pies temblorosos del destino, y no nos es posible imaginar una mentira más absurda y no obstante creíble: todo estará bien… ese fue el único pensamiento al que podía aferrarme al amanecer, queriendo por única ocasión tener fe, en algo, lo que fuera necesario, para borrar la espantosa experiencia del día anterior.

Postrada ante el Altísimo, rodeada del éxtasis de cuarenta gentes enajenadas, cuarenta extraños rodeándome y de alguna manera forzándome a ‘sentir’, a fingir adoración y amor que mi corazón podrido es incapaz de profesar; vi de pronto ennegrecer un par de ojos.

El pastor que animaba al populacho a mantener el júbilo del momento (místico por decir poco) había palidecido un tanto aunque sin dejar de cantar su alabanza, de pronto su mirada se volvió más profunda, imaginé que sería capaz de atravesar cualquier muro con esos oscuros ojos, intensos y terroríficamente vacíos de expresión.

Esos ojos no eran ya los del pastor, sino los de un cuervo, con esa negrura entintándolos, con esa capacidad de ver atravesándolo todo, distantes del mundo; cual si adquirieran sus alas tomando el frágil candor del alma humana y la elevaran a la montaña más alta con la única intención de mostrarle el vacío que al fondo la espera.

Los ojos no me miraban a mí, no miraban a nadie, no podían hacerlo porque estaban ya observando las negras fauces del lobo que es la muerte; no hablo de la Madre Muerte (esa que nos lleva al eterno descanso), sino de la muerte que emerge del oscuro vacío para dejarnos atrapados en el mismo, es muerte que tanto temen los hombres, sobre todo si se sigue vivo y largos años pasan agonizando antes de encontrar a la Madre Muerte, con riesgo de aun así, quedar condenado a las tinieblas.

Los ojos del pastor, que miraban más allá de toda posibilidad física, me atravesaron sin posarse nunca en mí, su destello fue un imán de mi mirada que quedó atrapada en ellos mostrándome la visión más terrible que en ese momento podía tener:

Un cuervo estaba parado sobre la cima de una montaña altísima y no hacía otra cosa que mirarme fijamente, sin batir sus alas se acercaba en flashazos a mí hasta meterse a mis ojos; entonces yo era el cuervo, sentía mi diminuto cuerpo negro sostenido por unas frágiles patas posadas sobre la montaña, mi pico fuerte y firme y esos terribles ojos que veían a kilómetros de distancia, la cabeza giraba de un lado a otro observándolo todo, varios cerros y montañas lejanas nos rodeaban; el viento invitaba a mis alas a flotar, abajo era todo negro.

En ese instante invadió a mi cuerpo humano una sensación opresora, un frío helado quemaba todo mi costado izquierdo sin poder (o querer) evitarlo mis ojos dejaron de mirar al pastor quien ya tenía ojos humanos, para posarse en la chica que debía estar rezando como todo el grupo y no obstante había enmudecido, pálida, con unos ojos abiertos al punto de salírsele de las órbitas, mirando fijamente hacia el frente; seguí el curso de su mirada y allí estaba el cuervo, quieto, absorto, imponente.

La locura no acabó allí aunque la visión había desaparecido. A los rezos se siguió una especie de exorcismo para concluir con cantos de alabanza dedicados a ese dios (con mayúscula). Afortunadamente la noche se cerró con alegres risas, alejando de mi consciencia la visión del cuervo, del vacío eterno y del robo de almas; pero es de conocimiento del pópulo que la consciencia (y a veces el alma) abandona el cuerpo una vez que éste se deja abrazar por la tibia caricia del sueño profundo. Así, cuando el ruido lejano de las risas e historias contadas al calor de una fogata, se fueron escuchando cada vez más ajenas y lejanas, y la helada noche cedía para permitir el cobijo del sueño; las tinieblas acecharon de nuevo.

Los murmullos se fundieron con el sueño, convirtiéndose en secretos que rumoraban una mujer y un chico, quienes esporádicamente volteaban a ver, primero el cuarto donde mi cuerpo dormía, luego a mí recostada en la cama. Cada vez se acercaban más, con cada susurro, con cada mirada de reojo como fingiendo que no hablaban de mí, había un pestañeo, sus figuras temblaban borrando un tanto sus siluetas y sin mover los pies ya estaban más cerca, hasta que quedaron justo a un costado de mi cama diciendo: “mira, mira, ya ves que sí, mira lo que tiene cerca de cuello, te lo dije, es ella, mira…” Con una expresión de sumo temor se evaporaban, dejándome sola en el cuarto, tratando de ver qué era eso que acechaba mi cuello.

Una sombra de contornos difusos iba creciendo a la altura de mi nuca. Mi cuerpo dormía postrado sobre el costado derecho y yo sentía crecer la oscuridad extendiéndose de mi nuca a las costillas, posándose a la altura de mi cadera. La silueta se volvió reconocible, era un contorno humano. Se elevó queriéndome abrazar toda, ya con mi cuerpo recostado de espaldas, pero a unos milímetros de tocar mi piel abro los ojos y e miro con terror aunque sin miedo, mi grito lo evapora. Entonces me doy cuenta que sigo dormida, me estremezco un poco entre la montaña de cobijas, sin abrir los ojos palpo mi cuerpo, los pezones erectos, las piernas rígidas, los brazos apretados contra el regazo. Abro al fin los ojos, el cuarto es tal cual lo recuerdo de aquel en que dormía en la infancia: un techo altísimo sostenido con vigas de madera, puerta negra, una ventana de herrería negra con cristales color blanco tipo japonés, frío y húmedo; y una pared que simula ladrillos anaranjados un tanto curvos dando la sensación de morar en un recinto viejo.

Afuera el silencio absoluto, a pesar de que la construcción se encuentra en el centro de un cerro rodeado de vegetación y animales característicos de la sierra gorda, pareciera que todo ser vivo duerme y que el viento también decidió guardar silencio. Vuelvo a cerrar los ojos recordando fragmentos y sensaciones de la pesadilla que alejó a mi desvelado descanso, más no me siento asustada hasta que  recuerdo el canto que invocó la aparición de la sombra: “alabaré, alabaré, alabaré, alabaré, alabaré a mi Señor”.




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