Lo que dejo atrás

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sábado, 24 de abril de 2010

ABUELO




 
-¡Abuelito cárgame en tu espalda! ¡Sí! ¡Caballito, caballito!

- Ya, ya, la que sigue, bueno, vénganse las dos, una en cada pierna, haber…

- ¡Aaaah! ¡Aaaah! Vamos a jugar a matatena, no, mejor álzanos sobre tus hombros… a ver, abuelito enséñanos tu conejo ¿verdad que eres muy fuerte?

- JAJA, vamos niñas su padre les habla, vamos corran, corran, déjenme seguir trabajando.

Las niñas se alejan con tremendo bullicio, corriendo a gran velocidad para ver quien llega primero a la entrada, empujándose una cae y se raspa las rodillas, la otra se regresa ya estando en la puerta, -levántate, anda, no te paso nada, no le vayas a decir a mi papá- al tiempo que le limpia las mejillas con su blusa, la otra le mira doliente y hace pucheros pero al final se van las dos tomadas de la mano.

Mismo corte de cabello, mismo vestido, misma estatura, todo aquel que las ve juntas o separadas creen que es una misma, gemelas, escuchan que preguntan a su padre quien sonriente dice no y señala siempre a la mayor, quien atenta y orgullosa de que la ven alza el cuello y gira la cabeza para quedar de perfil, así se asegura de que los ve y la ven y se burla de ellos.

La otra, la segunda, ligeramente más redondeada que la hermana mayor, un año más chica y con el carácter menos perspicaz, distraída y torpe, a diferencia de su hermana que en todo está y es ágil de mente y cuerpo. No, no son gemelas, y por mucho parecido físico que tengan hay una gran diferencia muy notable en el carácter, una caprichosa y la otra dócil, una corre de arriba abajo y la otra prefiere permanecer sentada y jugar sola; a una le gusta mandar, la otra prefiere obedecer…

Sin embargo algo en ellas era profundo, tal como se da en las gemelas, la comunicación que mantenían era siempre en clave, además, cuando a una le pasaba "algo" la otra siempre sabia aunque no estuviera cerca, tal vez no llegaban al grado de sentirse mutuamente de manera tan profunda como se logra con los gemelos, sin embargo, en cuanto estaban cerca una sola mirada o expresión facial bastaba para que la otra lo supiera todo, lo que había hecho, le habían hecho o lo que sentía en ese momento la otra.

Luego entonces buscaban el momento de estar a solas para hablar con sus claves, para abrazarse o acariciarse el rostro, o simplemente estar largas horas una con la otra en silencio. Era su forma de protegerse, de amarse y sanar sus heridas. También pasaban largos ratos con su abuelo, de cierta manera era su diversión y su ídolo. 

Les divertía verlo bailar mientras preparaba sus "carnitas" escuchando el radio, era demasiado gracioso para ellas que se moviera sólo en un cuadro de 30x30 y se enorgulleciera de ser un gran bailarín, cuando se dio cuenta de que sólo se burlaban las corría enfurecido maldiciendo entre dientes.

Para Victoria representaba más una diversión que un modelo, pero para Denisse lo era todo. Su abuelo representaba más que eso. Representaba al hombre más fuerte que jamás haya conocido antes, representaba la furia y el amor, pero también la vulnerabilidad. Estaba ciego de un ojo, bueno, en un tiempo no lo estuvo y Denisse se fascinaba escuchando una y otra vez el relato de porqué quedó ciego de un ojo.

-uhmm, era muy fuerte, más que ahora, pero le gustaba tomar y jugar al billar en las cantinas, entonces un día de esos tuvo una pelea en un juego y uno de los que estaban allí le sacó un cuchillo y se lo encajó en el ojo, desde entonces quedó ciego, le hicieron varias operaciones, le metieron un lente en el ojo pero aún así no recuperó del todo la vista y luego…luego la fue perdiendo más.

-nooo, no, era muy enojón, luego perseguía a mi mamá con un cuchillo por toda la casa y la amenazaba de irse. Yo me acuerdo que siempre estaba mi amá llorando, angustiada de que deverás se fuera a ir, hasta un día que le digo, bueno madre y si se va qué, pos dígale que se vaya ya verá como no se va nunca, y así un día que le dice y ¡nunca más! Nunca más volvió a decir que se iba; si no era tan malo, lo que pasa es que era muy explosivo, por eso todos somos así…

Historias así oía a diario, que su abuelo antes era malo, pero malo muy malo, aunque ella lo veía, se le quedaba mirando largo rato a sus cejas blancas, sus brazos todavía musculosos, su ojo blanco o azul que demostraba su ceguera y tapaba siempre con unas gafas oscuras, su sombrero que jamás olvidaba; tenía dos, uno para los domingos que iba a misa con sus nietas y otro para diario. No, pensaba Denisse, mi abuelo no puede ser malo. Y para ella sólo era su abuelo, el que de vez en cuando la regañaba y del que escapaba corriendo, pero que la gran mayoría de veces le consentía jugando con ella, platicándole historias y alzándola en su espalda para que viera lo fuerte que era aún.

Sólo tiene un mal recuerdo de él y le duele en el alma cada que viene de nuevo a su mente. Familia reunida en el patio de la casa. Ella rodeada, su padre encarándola a su verdugo, las tías admiradas de descubrir la verdad, todos acusándola, menos su abuelo quien para entonces ya estaba bastante deteriorado y enfermo, había perdido la vista de ambos ojos y apenas caminaba, sus brazos habían perdido toda la masa muscular de antaño y su pelo era completamente blanco a pesar de tener apenas unos 50 años.

Denisse no podía creer, no lograba entender qué demonios pasaba, de qué se le acusaba, porque su verdugo en ese tiempo amado no le hablaba y también le acusaba, porqué su padre era una bola de fuego furiosa, porqué su madre había huído protegiendo a sus hermanas, escondiéndolas del látigo paterno, en especial a Victoria, por qué sentía tanto dolor en el cuerpo y el alma se le había destrozado. Nadie le explicó por qué amarle a él era malo.

Su abuelo. Oh, Dios, jamás olvidará el rostro de su abuelo tan afligido, tan confundido como ella misma. Tampoco podía entender. En su mente no cabía la posibilidad, cómo su nieta, su nieta querida había hecho tal cosa, cómo decía su abuela el diablo la había tentado.

Victoria, quien siempre estuvo unida a su hermana tampoco entendió, pero también sintió el dolor que Denisse sentía. El padre decidió que era mejor mantenerlas separadas, pues juntas se hacían cómplices y Denisse, la hija mala, corrompía a Victoria para que la encubriera. A partir de entonces no podría andar sola por la calle, vamos, tampoco por la casa y debía dejar de comunicarse con su verdugo. Era mala y punto. Es lo único que Denisse entendía.

Así dejó de convivir con su abuelo y fue a unirse a los pedazos rotos de su corazón. 12 años tenía entonces. Poco después su abuelo murió. Así, sin más. Estaba enfermo dijeron, ya llevaba tiempo internado en un hospital de otra ciudad. Pero ella no se creyó nada, jamás le permitieron verlo enfermo, Victoria era quien lo atendía a veces, le lavaba las llagas y las cubría de gasas. Pero para Denisse ella le había matado. Le mato lentamente a partir del día caótico, a partir de que se convirtió en la mala a los ojos de toda la familia. La decepción había sido tan grande que debió morir de sufrimiento. Y así, una culpa más se acomodó sobre los hombros de Denisse.

Con Victoria las cosas también cambiaron, su padre les mantuvo a distancia y aunque seguían teniendo un conocimiento profundo de lo que era y sentía cada una, la separación forzada fue forjando una pared entre ellas y Denisse se aisló cada vez más de toda persona que pudo ser cercana. Cada vez más retraída, melancólica, triste y sola; procuró no hacer amigos y los pocos que tenía los mantenía distantes y en desconocimiento de su padre por miedo a que también se los quitara.

Luego, se fue enterando de cosas, cosas de familia, "secretos" y a su tristeza se le unió el odio. De nuevo cambio dejándole de importar la vida. Su cuerpo fue almacenando dolores inexpresables, enojo contenido, y sobre todo un terrible vacío y abandono, no tenía a nadie a quien amar y que la amara. Sus padres le habían decepcionado, su hermana estaba distante, y ella misma se había abandonado; no le quedaba nada de que aferrarse a la vida.

Entonces un día lo decidió. En realidad sólo lo hizo. Un frasco de tabletas para el dolor. Media botella de agua. Voces gritando en el patio escolar. Una escalera solitaria. Un basurero. Una luz que se hizo cada vez más blanca. Unas pupilas dilatadas y un estómago deshecho. Una llamada de emergencia. Un padre abrazando a una hija y la pregunta al aire ¿por qué lo hiciste? Una lágrima y una sonrisa: por favor…no me dejes de querer…

Luego, Denisse en la ambulancia, los sonidos le parecen tan lejanos, alguien toma su mano, es Victoria. Hay un sinfín de imágenes dándole vueltas en la cabeza, ha perdido el sentido del tiempo y el espacio. Cree haber visto a su madre o a su padre, quizá a ambos. Su amiga llorando. Ya está en una cama de hospital con una bata azul y tubos en la garganta. Victoria de nuevo que llora. Tal vez después de todo si la querían…

-Abuelo... abuelo, abuelo…-corre a tomarlo de la mano, él lo espera con una sonrisa, se ve diferente, no lleva gafas y le falta su sombrero. Lo abraza fuerte mientras llora, llanto de amor y alegría, llanto del que espera toda la vida volver a encontrar a quien más ama. Pero el abuelo le ha susurrado algo al oído. -¿qué? Qué ha dicho.

-No abuelo, no te vayas, abuelo no me dejes- No es tiempo…y el abuelo vuelve atrás. 

Luces en su rostro. Gente con bata blanca. Un choque en el pecho que le quema y le recorre el cuerpo como electricidad. Luz más intensa. -Estará bien- dijo uno de esos rostros de bata blanca, avise a la familia. Dormirá todo un día y despertará desorientada pero nada más…

-No, no, yo no quiero volver, abuelo ya te había encontrado, por favor, no quiero volver…no quiero volver. –pero ya en su cuerpo late de nuevo el corazón.

Esta historia no debía tener segunda parte. Es así porque en la madrugada me abrazó el insomnio y no pude soportar que el agua mojara mis manos restregados contra mis ojos. Historias, son lo que vienen a mi mente intentando alejar mi pensamiento del verdadero dolor. Historias que deberían ser cortas para impedir que por asociación libre me lleven de nuevo al origen, al dolor primario. Entre más cortas y más historias el colchón me extraña menos. Pero ahora mi mente rondaba y rondaba tras la muerte. ¿Qué había después? Y no es que crea en un después, pero si no hay nada en el más allá por qué Denisse se colgó del cuello de su abuelo. Necesitaba saber, conocer la verdad así que recurrí de nuevo a Denisse, después de todo ya me había contado parte de su historia y tal vez, si la encontraba tan derrumbada como antes podría permitir que escuchara el resto.

-Nada, no hay nada. Lo sé, yo misma tardé en aceptar mi decepción por el más allá. Todos creemos en algún momento que algo bello nos espera cuando morimos. La paz, el descanso eterno, nuestros amores muertos, nuestros padres o nuestros hijos, nuestro amor imposible; y se convierte en un lugar tan deseado: el paraíso, volver a los brazos del Padre. Pero algunos perdemos la fe y quizá sea eso lo que acaba con lo que hubiera en el más allá. 

–Denisse seguía viendo a la pared mientras me contestaba. Nada. Eso era imposible repliqué, y entonces me narró la segunda parte.

No fue fácil que Denisse se olvidara de su verdugo. Cuánto le amo en un tiempo, cuatro años compartidos y derrumbados de un solo tajo. Había olvidado cómo empezó todo y no lo recordó hasta que el fin llegó, cuando trató de huir de esas miradas, de esas palabras, de esos labios, de esos brazos. Cuando un mundo de cartas fueron encontradas y quemadas por la abuela. Entonces también dejó de escribir y leer y procuró dejar de soñar, porque en cada sueño estaba él: todos rodeándola, una bofetada que la llevaba al suelo, una mirada indiferente y luego Denisse matando a su abuelo, una daga en su pecho mucha sangre y sus ojos ciegos viéndole directamente como preguntando ¿por qué? Era mejor estar despierta.

Cuatro años más tarde ya no quería morir. Al menos no abiertamente. Pero tal vez su cuerpo había guardado bien el mensaje: muere, muere; y sin permiso fue llevando a cabo el plan.

-Nada –dijo –nada había, ni una luz brillante, ni una sonrisa esperándome, sólo frío y oscuridad, vacío, soledad. Los sonidos cada vez más lejanos, como ir cayendo en un precipicio, así se siente y cuando la consciencia te abandona el silencio total, pero lo extraño es que no dejas de sentir por completo. Si uno sólo dejara de existir y ya. No importaría si hay algo o no del otro lado esperándonos, pero no es así. La existencia se acaba pero el vacío se queda, te acompaña y la pregunta es ¿por toda la eternidad?

Denisse no ha vuelto a intentarlo. Encontró nuevas formas de morir, las conoce todas y le gusta jugar con ellas. Le gusta caminar entre los vivos mientras se mata. Siente placer de saber que la ven sin darse cuenta que hablan con un muerto. Denisse se mata cada día lentamente. Cuando fuma un cigarrillo o una cajetilla, cuando por hoy no se levanta de la cama o por lo contrario pasa semanas sin dormir, cuando come demás y cuando no degusta ningún bocado. Denisse muere cada día porque ha decidido abandonarse a la inercia y la inercia sólo tiene un destino. 


Me fui de allí con un escalofrío en la piel y la sensación terrible que dejaron sus palabras como eco en mi cabeza. –hablan y me miran sin saber que están hablando y viendo a una muerta, me gusta caminar entre los vivos y soy el espejo de la desesperanza…

2 comentarios:

Eco dijo...

Demasiado fuerte. Demasiada realidad.

Demasiada vida.

Es demasiado.

Desvanecerse dijo...

El silencio es la virtud de los locos. Sir Francis Bacon (1561-1626) Filósofo y estadista británico.

Pero el mismo silencio, puede convertirse en la peor mentira.

Besotes