Lo que dejo atrás

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lunes, 19 de abril de 2010

Sentencia

-¿Cómo lo fue a matar? ¿Cómo pasó todo? No lo sé, no puedo siquiera imaginarlo.

Recuerdo la noche en que lo encontraron, tirado en un charco de lodo, de lejos parecía sólo trapos viejos abandonados, de esos que luego la gente tira a a basura y los perros arrastran por las calles, pero era extraño en los baldios que frecuentaban más bien los gatos.

La cara se le veía negra y parecía más un balón ponchado que un rostro humano por lo hinchado, los ojos se habían perdido cubiertos por dos grandes bolas que en algún momento fueron las mejillas. De no haber sido porque llevábamos ya dos días buscándolo, porque el pueblo era pequeñio y no había llegado en meses ningún forastero, jamás hubiéramos creído que se trataba de él, sus facciones simplemente eran irreconocibles.

Cuando en la casa funeraria lo lavaron, vimos con horror la deformidad de su cráneo por los golpes recibidos y al parecer también habían intentado aplastarle el cerebro, objetivo malogrado quedando la mitad de este medio aplastado, con un ojo desecho y parte de sustancia gris derramada por una grieta como si hubiese querido estallar. El color de su piel se había tornado entre púrpura, rojo y negro, el mínimo rastro de su tez blanca y luminosa se había esfumado.

-¿Cómo lo fue a matar? -Seguía rondando la pregunta en mi cabeza. Motivos le habían sobrado. Eran de mi conocimiento los innumerables problemas de pareja que tenían. Desde hacía años él le era infiel con cualquier mujer que se prestara al pecado, alternaba semanas en los pueblos vecinos donde conseguía mujeres, doncellas y prostitutas, que luego llevaba a su casa mandando a su mujer a dormir a la sala pra él hacer uso de la cama con la amante en turno.

En varias ocasiones la dejó tirada en la puerta de urgencias de la clínica, las enfermeras veían cómo la camioneta negra frenaba de golpe, se abría la puerta del copiloto y un saco de huesos caía ensangrentado al suelo, acto seguido las llantas patinaban quedándose su huella en el asfalto y en el aire ese impregnante olor a hule quemado.

A la mañana siguiente de su encuentro, su mujer vino a verme declarándose culpable, pero yo sé que no pudo matarle. Ella, una mujer de apenas 45 kilos, con un poco más de carne en los huesos que un perro de calle, sin una pizca de energía en el semblante, con la mirada resignada y apagada que decía a todo el pueblo que jamás saldría de su miseria por ser una mujer pasiva dispuesta a recibir cada golpe del brazo musculoso de su marido con amor, ¡sí, con amor! No, no podría ser ella.

Sin embargo esa mañana estaba allí frente a mí declarándose culpable, no nos quedó más remedio que llevarla presa y esperar la condena: pena de muerte era la penitencia. Se negó a confesar los detalles de su crimen, -Culpable- dijo ante el juez y el caso quedó cerrado, en una hora se llevará a cabo la ejecución y a mí me queda la duda: ¿cómo fue a matarlo?

1 comentario:

Desvanecerse dijo...

Morir mañana es tan bueno como morir cualquier otro día. Paulo Coelho (1947-?) Escritor brasileño.

Cuando la hora morir te llega, nunca sabrás como ha sido.

¡Cuanto duele el sentimiento de culpa!

Besotes